- Blade Runner -

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."
11/12/10

Una de Cái

Mediados de Agosto. Son las nueve de la mañana y el coche ya está cargado. Camino de El puerto de Santa María. Mi amigo Luis nos ha invitado a su casa. Toca semana de relax. Me ha prometido paseo en su barco. Tengo ganas de verlo tripular. Ha sido todo un año oyendo cómo conseguía los títulos de patrón y capitán de yate. En fin, cerramos el cortijo y partimos. El coche nuevo se porta de lujo y el viaje se hace cómodo. Ronda la hora de las cañas cuando tocamos la puerta de mi amigo. Nos presenta a la familia. Dejamos los bártulos y echamos un vistazo a la casa. Un chalé impecable, no le falta detalle. Al poco, después de hablar un rato sobre el viaje y la casa, salimos a comer. Vamos todos a Casa Flores. Comida exquisita y trato de la vieja escuela. Es un sitio fino y por la gente que veo caro. Esperamos hueco. Hay un tipo joven en la barra enfrente de mí. Bronceado y cachas. Parece un niño de papá. Lleva una camiseta con el logo de Aston Martin. Lo acompaña una monada de esas -tanto tienes, tanto vales- con su vestido de fiesta. Al poco entran al comedor y nos dejan el hueco deseado. Luis y yo somos de echar el ancla sobre una buena barra y allí nos quedamos. Aguantamos nuestras tres horas a base de cerveza y raciones de la tierra. Para endulzar, ya al final, algo en vaso largo. En fin, la familia de Luis es estupenda y la parienta y yo nos hemos sentido en familia. De vuelta al chalé siesta de pijama. Y así durante tres días. Bendito descanso. A la tarde del cuarto, Luis y yo estamos solos en casa. Las mujeres andan haciendo no sé qué no sé dónde. Llaman por teléfono a Luis. Parece que ha quedado con alguien. “En diez minutos estoy ahí” le oigo decir. Me pregunta si quiero acompañarlo. Va a ver a un amigo. ¿Qué puedo hacer? Llegamos rápido al bar en cuestión. Entramos y veo a un tipo cincuentón. Es alto. Delgado, pero se le nota curtido. La cara surcada de marcas. Lleva algo de barba y ojos azules como el mar. Hay dos copas de balón con gin-tonic en la barra. Supongo que el tipo no esperaba compañía. Nos presentan. Es Vicente. Tuvo un cargo en la marina que prefiero omitir. Hechas las presentaciones un vaso ancho de Johnie Walker se une a la reunión. Al parecer, Luis ayudó a nuestro marino con la preparación de un curso y Vicente le comenta que tal la jugada. Al principio, mientras habla, Vicente apenas me mira. Supongo que es normal. Me voy enterando de qué va el curso. Algo sobre como proteger la costa en caso de que un petrolero la pifie. Como acordonar la zona y cosas así. Bueno, la historia acaba y las copas también. Así que hay que hacerse con una nueva ronda. Estos dos beben rápido y yo hago lo que puedo a costa de marearme más rápido de lo que debiera. Sólo son las seis. Miro por la ventana. Estamos justo enfrente de la base americana de Rota. De hecho, hay una pareja yankee en el local con un niño. Ella es de origen asiático y él pelirrojo. La chica pide unas tapas en español con el inconfundible acento americano. Vuelvo a mirar por la ventana. Las casas de estos americanos son iguales que en las películas. Mientras me fijo, Vicente intenta convencer a Luis sobre cruzar el Atlántico en barco. Él se resiste. -"Son cuarenta y cinco días viendo solamente agua"-le oigo decir. No tengo muy claro si eso es relajante o frustrante. De pronto, mi amigo le pide a Vicente que me cuente lo de Ikea. Yo me vuelvo extrañado. El marino se resiste pero el gin-tonic le puede y, al final, se rinde rápido. Nos hace prometer que la historia no saldrá del bar. Lo siento, soy culpable. La historia fue más o menos así:

Abren el Ikea en Jerez. Así que Vicente y su mujer deciden ir a comprar. Él se empeña en llevar un pequeño remolque, cosa que disgusta bastante a la legítima. En fin, nada nuevo. El caso es que al final compran un par de sillones. Vicente se las ve y las desea para meterlos en el remolque. Los dos caben un poco justos pero se las va apañando para colocarlos. Las protestas conyugales no ayudan -piensa nuestro marino-. Rondan ya las ocho de la tarde. Vicente se apresura. Las motos están a punto de salir del circuito de Jerez de vuelta a casa. Además lleva una de las luces del remolque fundida, así que prefiere llegar antes de que anochezca. Por supuesto, no comenta el detalle con su mujer. Arrancan. Camino, por fin, de casa. Vicente le pisa al acelerador. Ve como el sol cae rápido y tiene prisa. Va echando sucesivos vistazos por el espejo a los sillones. Las protestas de la parienta duran poco. En un momento ella se calla. Va bastante rápido y aunque está a punto de anochecer se relaja un poco. Piensa en llegar a casa y descargar los sillones. Ha sido una tarde ajetreada. Primero el jaleo de Ikea y luego los roces por culpa del maldito remolque. Se jura no volver a ir de compras con la jefa. Vuelve a echar un vistazo por el espejo. Un chispazo le recorre entero. Mira al frente. El pulso se le acelera y vuelve a mirar por el espejo. Sólo hay un sillón. El corazón le bombea cada vez más rápido. Prefiere callar. No sabe que hacer. Sigue conduciendo. Mira una y otra vez como si el sillón fuera a aparecer. Se le ocurre que puede llegar a casa y ver que pasa. Joder, ¿Vuelve a buscarlo? ¿O no? Sigue conduciendo en silencio. De pronto piensa que si el sillón ha caído en la carretera puede provocar un accidente. Ahora sí, no tiene más remedio que dar la vuelta. Carraspea y se lo dice a su mujer que lo mira con ojos como platos. Me imagino el "Hemos perdido un sillón" flotando por el coche mientras veo que Luis se lo pasa en grande. La mujer de Vicente gira el cuello para comprobarlo por sí misma. Se pone a gritarle. Vicente está de los nervios. No va a aguantar mucho así. Demasiada tensión, demasiados flancos. Tiene que tomar una decisión. Para el coche. Pese a las protestas de su mujer, la baja del vehículo. Al sillón también. Deja a la parienta sentada sobre el único sillón que tiene ahora en una rotonda. Y da la vuelta. Ya es de noche pero no le importa. Va mirando pero ni rastro. Mientras, su mujer, presa de la excitación llama a una amiga. Lo primero que le suelta es: “Marga, no te vas a creer donde estoy”. Luis y yo no paramos de reírnos. Además, Vicente tiene esa pizca de gracia del sur contando las cosas. En fin, se cruza con el primer grupo de motoristas ya de vuelta. Otro contratiempo más. Llega hasta el Ikea pero nada. Ni rastro del sillón. Lo único que había en la carretera era un fila interminable de motos. Sólo una manada de tipos que, por los gestos, seguían con ganas de fiesta.

"Al final lo encontré" me dice antes de darle un trago largo a la copa. Pero fue al día siguiente. Salí temprano a buscarlo, sin el remolque. Estaba al lado de una gasolinera. Creo que salió volando en una curva. Le pedí al tipo que estaba allí que le echara un vistazo mientras volvía con el remolque. Se echa otro trago al coleto. Y el muy cabrón me dice: "Lo siento pero yo no vigilo sofás". Joder, solo es un puñetero sillón.“Arrggg” gruñe un poco mientras mira la copa. Tuve suerte y cuando llegué con el remolque aún estaba allí.

Luis no para de reírse de él, le pincha. Yo intento mantenerme en mi sitio. No hay confianza ni ganas de ofender. Así que, educado, aunque un poco cómico, le digo:

-Pues vaya mal rato pasaste, ¿no?

Él sonríe con la copa de balón en la mano y me contesta:

-Peor lo pasó mi mujer.

Me extraño. No acabo de pillar su tono burlón.

-¿Por qué? Le pregunto bastante curioso.

Vuelve sus ojos azules sobre mí. Y con una sonrisa profunda, como si yo acabara de dar en la tecla, va y me larga:

-Porque todos los motoristas de Jerez, al pasar, le preguntaban: “Señora, ¿Cuánto coooooobra?”