- Blade Runner -

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."

Aquel viernes se presentó como tantos otros, sin hacer demasiado ruido. El Big Ben parecía afanarse en marcar las cinco. Mientras tanto, una espesa niebla intentaba ocultar un cielo rojizo tras el cual se adivinaba un sol ya moribundo. En el edificio de oficinas de Maynsfield Avenue algunas luces comenzaban a encenderse. Cabbot & Asociados, la pequeña pero solvente firma de abogados donde Clusk trabajaba se ubicaba en las plantas tercera y cuarta. Apenas quedaba gente a esas horas de viernes en la pequeña empresa. El pequeño flexo del despacho de Clusk lucía encendido. Nuestro personaje estaba envuelto en un marasmo de papeles intentando poner orden. Quería dejarlo todo listo para el fin de semana cuando sonó el teléfono. Clusk se sobresaltó. Hace tiempo hubiera podido ser Sue. Solía llamarlo al menos un par de veces al día. Una para almorzar y otra para volver juntos a casa. A veces, le costaba quitarse esa idea de la cabeza. -De eso hace mucho tiempo- terminaba diciéndose. Ahora sólo podían llamarlo dos personas: su jefe o Freddie. Freddie era el mejor amigo de Clusk y también trabajaba allí. Era un tipo orondo y bonachón de los que hacen reír a todo el mundo. Siempre conseguía hacerse con la clave para robarte una sonrisa, tenía ese don. Por la hora que era Clusk se imaginó que sería su jefe. Hacía a Freddie en casa hacía un buen rato. Se sentó firme en la silla. Cogió el auricular y con tono serio respondió:

-"Cabbot & Asociados, al habla Clusker, ¿en qué puedo atenderle?".

-"¿Aún sigue ahí señor Clusker?" dijo una voz conocida en tono burlón al otro lado del teléfono.

-"Ah hola Freddie", repuso Clusk más aliviado arrellanándose sobre la silla. "Pensé que era el señor Cabbot".

Clusk volvió a oír a su amigo reírse. 

-"Lo sé Clusk", añadió Freddie tras su pequeña risa. "Oye, ¿que quieres hacer mañana?" le espetó.

-"¿Mañana?" respondió Clusk como si no entendiera.

-"Es tu cumpleaños, ¿recuerdas?" contestó Freddie y remarcó la última palabra con tono de sorna.

Clusk suspiró y dejó caer un leve ah, después se dirigió a su amigo:

-"Podríamos ir a las carreras, hace un par de sábados que no vamos"

-"Me lo imaginaba", le contestó un decepcionado Freddie desde su teléfono.

-"Podemos hacer otra cosa, Frederick" repuso Clusk cediendo. Clusk solo llamaba Frederick a su amigo cuando una conversación se tornaba seria. En ese instante, Freddie añadió con tono conciliador:

-"Ey, Clusk. Por mí está bien. Si quieres pasar el día de tu cumpleaños viendo perros correr, por mí no hay problema. De veras."

Las carreras de galgos era la segunda afición conocida de Clusk. Su pasión por los canódromos había nacido un poco por curiosidad. Recordaba que era una de los hobbies de su padre y, un día, sin planearlo, se acercó a ver una carrera. No pasó nada especial ni ese día ni las siguientes dos veces que acudió a ver los canes competir. Si seguía yendo era porque aquello le mantenía cerca de su padre. Pensaba que sintiendo lo que el sentía cuando acudía allí era una forma de estar cerca de él. De meterse en su piel. De conocerlo un poco más y recuperar algo de aquel tiempo que les había sido robado. Fue el sábado que decidió apostar diez libras por un desconocido Flappy cuando prendió la chispa dentro de él. Era la primera vez que apostaba. "Ya que estoy aquí"- se dijo-. Clusk no sabía de favoritos ni carreras más que lo que escuchaba decir a su alrededor. Como vió que había varios criterios decidió elegir un nombre al azar. El afortunado fue Flappy. Un galgo blanco con manchas negras que a él le pareció simpático. Flappy llevaba el número siete sobre su flaco lomo. Clusk observó el inicio de aquella carrera con cierta indiferencia. Flappy iba en mitad del pelotón y Clusk prestaba más atención al gentío que a la carrera en sí. Fue esa última vuelta lo que lo cambió todo. En un arranque inesperado, Flappy se puso segundo y a Clusk se le aceleró el pulso. Ni siquiera se había imaginado que pudiera ganar. No sabía si quería ganar siquiera, dudaba nervioso. El resguardo de la apuesta estaba encerrado ahora en el puño furioso de Clusk. La recta final se le hizo eterna. Cuando el  desconocido número siete cruzó la meta en primer lugar, Clusk se sintió flotar. Alzó los brazos y gritó sin ser consciente de lo que hacía. Experimentó una sensación de júbilo en su cabeza que nunca antes había experimentado. El corazón se le salía del pecho y jamás se había sentido mejor. Nunca lo supo, pero ese fue el instante que más cerca estuvo de su padre. Como las apuestas estaban 10 a 1 por aquel desconocido siete, Clusk se llevó un buen pico. Desde entonces, nació en él una pasión por las carreras que ya nunca le abandonaría.

-"Te recogeré temprano en mi coche, huum... a las 9", dijo un Freddie algo serio.

-"¿Tan temprano?" contestó un Clusk algo contrariado. 

-"Sí, había pensado en pasar por Smokey's a desayunar" se explicó Freddie sin que su tono
dejara entrever que había opción a réplica.

 Clusk elevó bastante la voz:

-"¿Por Smokey's?" 

Después hizo una pausa consciente de su pequeño grito y siguió hablando en tono normal: "Ya sabes que a Dorothy no le gusta que vaya por allí y mañana, en concreto, seguro que me habrá preparado algo especial."

Freddie empezó a reirse de nuevo y argumentó

-"Por el amor de Dios Clusk, vas a cumplir 46 años y además, sólo es tu casera."

Clusk se defendió con tono infantil.

-"Sí, pero seguro que se huele algo cuando no desayune allí."

-"Eres imposible" dijo Freddie entre carcajadas. "Mañana a las 9 y no se hable más"

Clusk parecía contrariado. Cuando iba a contestarle a su amigo, alguien tocó la puerta
abierta de su despacho. Clusk parecía haber visto un fantasma. Sin despedirse de su amigo
colgó el auricular y se sentó correctamente en la silla.

-"¿Señor Cabbot?" se dirigió Clusk muy serio a su visita.

-"¿Aún por aquí Clusk?" dijo el dueño de la oficina con un sonrisa paternal.

-"Sí, verá, es que quiero..." empezó a decir pero el señor Cabbot le interrumpió:

-"Vete a casa Clusk, ya son más de las cinco".

-"Pero señor,..." intentó argumentar un torpe Clusk.

-"A casa" añadió el jefe en tono bastante serio.

Se hizo un silencio entre ambos. Clusk empezó a recoger sus papeles con la cabeza gacha. Cuando se disponía a salir, el señor Cabbot se giró sobre sus talones y se dirigió de nuevo a él. 

-"Oye Clusk, necesitas salir. Tomar el aire. Conocer gente nueva ¿Por qué no vas a tomar algo por ahí con Freddie? Yo invito." 

Y deslizó un billete de 50 libras sobre la mesa de Clusk. Después le echó una mirada lastimera y desapareció por el pasillo. Estos detalles hacían que se sintiera apreciado en la empresa. Al poco, Clusk apagó el flexo y cerró con llave su despacho. No pensaba llamar a Freddie pero sí le tentaba la idea de ir a tomar algo a Smokey's. Mientras duró el viaje en ascensor lo meditó. Le mentiría a Dorothy diciéndole que había estado en cualquier otro lado. Smokey's era un local bastante de moda en los alrededores. En sus inicios fue un pub que abriera la señora O'Brien. Dorothy siempre sostuvo que la señora O'Brien quiso robarle a su Lancaster y nunca se lo perdonó. Mucho después, su hijo, Marcus O'Brien, un chico listo y con visión, había tomado las riendas del local. Smokey's pasó de ser sólo un pub a servir comida también. Sus desayunos y en especial sus brunch, se habían hecho famosos en la zona. Y aunque Dorothy sabía quien mandaba ahora en Smokey's, siempre que podía, hablaba mal de aquel sitio. -Hay heridas que nunca se curan- le había dicho una de las amigas de Dorothy a Clusk cuando le contó la historia.

Clusk salió a la calle donde la triste niebla londinense lo recibió. En ese preciso instante su valor flaqueó y decidió que iría a casa. Se imaginó su plan para esa noche. Llegaría a casa. Saludaría a Dorothy y dejaría su gabardina y su sombrero en la entrada. Picaría algo que ella le habría dejado, seguramente un guiso frío del almuerzo. Mientras cenaba sería acosado por interminables preguntas sobre su día. Luego se excusaría, le diría a Dorothy que estaba cansado. Subiría a su habitación y acabaría de leer el último ejemplar del Reader's digest que había recibido esa misma semana. Sonrió para sí, le parecía un buen plan. Un leve viento sacudió la calle y Clusk se apretó de frío dentro de su gabardina. 

1 comentarios:

Mesalina dijo...

Se presenta interesante, me da a mí que la aburrida vida de Clusk va a dar un gran giro y yo quiero leerlo.Máss.Ñammm, Ñammmm.