James Clusker o "Clusk", como todos lo llamaban, era un chupatintas sin futuro del sur de Londres. Tenía un trabajo mediocre pero lo ejecutaba a la perfección. Además, nunca había dado un solo problema en su oficina así que los jefes lo tenían en alta estima. Él sabía que aquel no era un gran trabajo pero se sentía apreciado y eso era suficiente. Aunque Clusk no los recordara todos, ya había visto cuarenta y cinco eneros distintos. Y en todo ese tiempo nunca había llegado a casarse. Durante casi cinco años había estado saliendo con Sue Hampton, una secretaria con mucho encanto que trabajaba en la planta de abajo. Clusk tardó unos seis meses en pedirle una cita desde que la viera cruzar un día delante de su despacho. Tras un precioso ramo de flores, elegido por la dependienta de la floristería, y una torpe pero sincera invitación que conmovió a la dulce Sue, ésta aceptó salir con él. Durante todo el tiempo que estuvieron juntos, Sue siempre esperó a que Clusk le pidiera matrimonio pero él nunca encontró el momento adecuado. Clusk quería encontrar un instante mágico pero siempre había algo que le parecía fuera de lugar. Al final, Sue lo abandonó y se casó con Roy, un compañero de trabajo de ambos. Tras casarse, ambos se habían mudado a una casa residencial en el norte, tenían un hijo y eran muy felices. Durante sus dos primeras navidades de casada, Sue le había mandado a Clusk un par de felicitaciones. Al no obtener respuesta, dejó de hacerlo. Tras el incidente de la boda, Clusk decidió mudarse. Hasta ahora, había vivido en la enorme y seria mansión victoriana que heredara de su madre. Pero desde que Sue se casara, se le antojó que la casa le quedaba grande. Decidió venderla y mudarse a un apartamento. Encontró lo que buscaba en casa de Dorothy. Dorothy, así se hacía llamar la otrora señora Lancaster, era una comadrona retirada. Tras cuarenta años asistiendo partos en el mismo hospital, éste sólo le había dejado una pésima pensión y un dolor ciático en la pierna derecha que, de vez en cuando, le impedía caminar por algún tiempo. Al menos, tenía la casa que le dejara su difunto marido, el veterano sargento Lancaster. Pero dado que la pensión no daba para mucho, había decidido alquilar la pequeña buhardilla de que disponía. Tras cientos de entrevistas y estando a punto de resignarse y vender la casa -pasados los cincuenta uno no vive con cualquiera, les repetía siempre a sus amigas-, apareció Clusk. Al verlo entrar, Dorothy supo que era el adecuado.
Ding, dong, sonó el timbre en el 29 de Banstead street. Dorothy se puso de pie y se encaminó a la puerta. Abrió ésta y apareció la sonrisa amable del viejo Fisk, el cartero.
- "Buenos días Dorothy", dijo Fisk ofreciéndole varias cartas.
- "Buenos días Fisk", respondió Dorothy con tono educado." ¿Algo para Clusk?" , añadió mientras ojeaba la correspondencia.
Fisk se levantó un poco la gorra y se rascó la cabeza.
- "Creo que sólo el Reader's Digest señora", contestó Fisk repasando mentalmente los sobres que había entregado.
- "Dorothy", le corrigió ella.
- "Perdón señora...Dorothy", dijo un Fisk algo avergonzado de haberse vuelto a equivocar.
Ella le miró con gesto serio y añadió:
- "Muy bien Fisk, buenos días."
- "Buenos días..." por un segundo estuvo a punto de repetir su error pero esta vez cayó en la cuenta y añadió mientras se cerraba la puerta: Dorothy.
Fisk bajó los cuatro escalones de la entrada. Cogió su bici y se alejó pensando que era una estupidez, tras cuarenta años de llamar a las cosas por su nombre, cambiárselo.
Entre las tres aficiones conocidas de Clusk se contaba la lectura. Era un voraz lector, en especial, del Reader's Digest al que estaba suscrito. Solía agotar los números de la revista en poco tiempo y una vez acabada ésta se dedicaba a las novelas. Ahora pretendía devorar la nada mal nutrida biblioteca de Dorothy. Cualquier psiquiatra que hubiera indagado algo en el pasado de Clusk hubiera dicho que esa afición a la literatura le venía de la infancia. Siendo niño, Clusk había ganado un certamen de poesía en el colegio con un poema titulado A rose to mum. El poema era una oda al cariño que Clusk sentía por su madre. Su padre acababa de abandonarlos y su madre estaba destrozada, así que Clusk escribió los versos en gran medida para hacer sentir mejor a su madre. Sin saberlo, le decía a su madre que la quería y que él nunca la abandonaría. Lo cierto es que el poema de Clusk no había sido el mejor. Tras varias semanas abatido por la marcha de su padre había conseguido escribir aquel poema. Era lo único positivo que había hecho en todo ese tiempo. Así que su profesor decidió premiarlo para que se animara. El gesto tuvo el efecto deseado y la pequeña medalla y el diploma que obtuvo lo catapultaron a la normalidad. Desde entonces, no había parado de leer. Lo extraño es que nunca volvió a escribir aunque sí había sentido la necesidad de hacerlo. No lo había hecho, según él, porque no encontraba la historia adecuada. De algún modo esperaba, sin saberlo, que su siguiente historia también fuera reconocida por los demás. Pero tras más de treinta años, desde que ganara aquel concurso escolar, no había escrito una sola línea.


1 comentarios:
II PARTE YA !!!
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