Finales de julio del año pasado. Vivimos en Tel Aviv. Son las 18 y algo y estamos en el apartamento de Uri. Uri es un chico israelita, de nuestra edad. Nos cuenta que se dedica al cultivo de flores mientras su inquieto labrador, Jogo (Uri sabe portugués), juega con nosotros. Pasará Septiembre en el ejército, es su deber, y octubre en Etiopía con su trabajo. Por eso realquila el apartamento. No quiere perderlo. Re, mi novia, juega tanto con el perro que Uri le sugiere, con una sonrisa, que se lo quede en octubre. "A mis padres no les hace mucha gracia quedárselo" nos comenta. El apartamento está muy bien y él es un buen tipo, se nota, así que cerramos el trato, le estrechamos la mano y nos vamos. Ya tenemos apartamento para septiembre y octubre, y a buen precio. Principios de octubre del año pasado. Ahora mismo son las 00:15 horas y estamos en Barcelona, transbordo obligado, camino de regreso a Tel Aviv. Hemos hecho un viaje relámpago a casa para arreglar papeles. Todo en orden, ya vamos de vuelta. Estamos cansados y aún falta un rato para embarcar. "El Prat" está muerto a estas horas; todo cerrado. Me resulta raro. Casi una hora después, embarcamos. Nos instalamos en el flamante airbus 320; segunda fila como de costumbre. Tenemos tres asientos para dos. Recuerdo el despegue, no me acostumbro a ellos. Duermo un poco pero, de vez en cuando, me despierto. Los israelitas no paran en el avión; su naturaleza, supongo. La verdad es que no paran en ningún lado. Tras unas cuatro horas aterrizamos. Miro el reloj: el capitán Sacrimonti ha corrido. A estas horas siempre lo hace. Al final, terminas conociendo el nombre del que te lleva y te trae a casa. Conozco su cara. Siempre nos saluda cuando bajamos del avión. Parece buena persona. Es cuarentón y tiene poco pelo. Acompaña su permanente sonrisa de una perilla algo rala. Siempre me he preguntado si es italiano. Caminamos perezosos por Ben Gurion -el aeropuerto-. Los israelitas nos adelantan. Aprovecho y adelanto yo mi reloj una hora, "son las 6 joder", me digo. Llegamos al control. Colas en todos los puntos de acceso. Esperamos pacientes nuestro turno. Nos toca un tipo rubio, de europa del este, presumo. No es ruso, estoy seguro, más bien polaco. De esos con cara de pocos amigos. Aguanto estoico el ritual de preguntas. Me lo sé de memoria. De pronto, el tipo descubre mi visado de trabajo israelí en el pasaporte. Me pregunta si trabajo allí y ciertamente su inglés no camufla el acento eslavo. Le respondo que sí ¿no es obvio? El tipo descuelga un auricular y lo comprueba. Al final sella los pasaportes y nos deja pasar. "Menudo imbécil" pienso. Recogemos las maletas. Re se empeña en tomar un café, así que vamos a una pequeña cafetería del aeropuerto. "Estoy reventado" pienso mientras me desplomo en la silla con la bandeja de los cafés. Una desventaja de saber inglés es que, fuera de la península, siempre te toca pedir. Al rato, salimos de la terminal. Pasamos, como de costumbre, por delante de la Menorah de Dalí que preside una de las puertas de Ben Gurion. Doblamos y miro en una pantalla electrónica el precio recomendado del taxi a Tel Aviv: 130 Shekels. "Sólo ha subido 10 Shekels en 10 días", no está mal, me digo irónicamente. Nos montamos en el taxi. Le digo la dirección al conductor: "Tel Aviv, Ibn Gavirol number 12, pleaaaaase". El taxista y su kippa asienten.

Acto seguido me pregunta que si enciende el taxímetro. "130, ok?" -le espeto-. Me sonríe y vuelve a asentir. Prefiero ir así, sin tener que mirar el taxímetro. Son unos 25 minutos de ruta y se agradece mirar por la ventanilla tranquilo. Nunca me acostumbro a ver como aparecen los rascacielos de la nada y la ciudad te engulle poco a poco. Ese momento de transición tiene algo especial y me gusta disfrutarlo. Por fin llegamos al portal. Pasan las 7 de la mañana y el calor es ya insoportable. Hay que subir las maletas y es un tercero sin ascensor. Llegamos arriba sin aliento. Dejamos los bultos en la habitación principal que hace las veces de salón-cocina. No nos queda agua. "Maldita sea" me quejo a viva voz. Bajo a comprarla al 24 hours de abajo. Decido, ya que estamos, subir un pack de seis botellas. Cuando llego arriba me tiro en el sofá de cuero y me quedo pegado a él. Estoy sudando, a medias por el esfuerzo y a medias por el bochorno de Tel Aviv. ¿Es que aquí no va a dejar de hacer calor nunca? -me quejo-. Re me trae, amable como siempre, un vaso de agua. Bebo despacio y me voy al dormitorio. Ella ya ha cerrado las persianas. Me sigue pareciendo increible a día de hoy que allí a las 7 el sol sea ya demoledor. Me desnudo y me quedo en calzoncillos. Me pongo dos tapones en los oídos y me echo en la cama. Re está a mi lado y juraría que ya duerme. Cierro los ojos y me siento agusto. Suspiro aliviado. Tengo esa sensación maravillosa de me-toca-no-saber-nada-del-mundo. En segundos todo se me hace negro. Duermo. No recuerdo nada. Solo negro. Zzzzzzzzzzzzz.....
Al cabo de lo que van a ser 3 horas abro un ojo. Algo me despierta. Re sigue a mi lado. ¿Qué pasa? -me digo-. Estoy tan dormido que no sé lo que ocurre. Me cuesta reaccionar, noto mi cuerpo agotado. Le cuesta moverse. Miro a la puerta del dormitorio, entreabierta apenas dos dedos, y veo la cara de un tipo hablándome. Para ser exactos, solo veo un ojo y parte de la boca. El corazón se me acelera y siento la adrelina por todo el cuerpo. No oigo lo que dice, los tapones. Me quito el tapón derecho. "Good morning" repite el tipo. Salto de la cama, bendita adrenalina, y abro la puerta con ánimo de matar si hace falta. Pongo cara de Bardem en "No country for old men". El tipo me mira respetuoso. Estamos frente a frente. Él enchaquetado, yo con mis Abanderado (y un tapón). Supongo que, en ese instante, iba mejor peinado que yo. Cosas del directo. Él es made in Israel, se nota por su piel morena, y también algo más bajo que yo. "Le puedo" -pienso-. Le exijo una explicación aunque no parece peligroso. Sólo porta una carpeta en la mano derecha, nada de armas. "Bien" me digo. Me cuenta que es agente inmobiliario. Ha hablado con un amigo de Uri que ahora se encarga del piso ya que Uri está en Etiopía. El amigo no nos ha localizado y le ha dicho que podía enseñar el piso esa mañana. Al parecer, Uri necesita alquilarlo un mes más. Oigo voces detrás de la puerta. Algunas son femeninas pero todas tienen el inconfundible acento hebreo. Parece que todo encaja. Me relajo ya un poco y suelto el mortífero tapón de mi mano. Parece que el fulano se ha librado de un certero taponazo. Le digo que vale, pero que espere a que nos vistamos y aseemos un poco; solo llevo puesto unos slips (y el tapon, sí). Bien pensado, la escena es digna de una comedia de Woody Allen. Yo hago de Woody Allen. Entro en el dormitorio. La marmota que me gasto por novia no se ha enterado de nada. Sigue dormida. La despierto y se lo explico. Así que nos vestimos y nos aseamos un poco. Apartamos un poco las maletas del salón y les invito a entrar. Contando al agente son cuatro. Parecen dos padres y su hija. Entran amables, sonriendo. La situación es cómica, no es para menos, y todos lo sabemos. Re y yo deambulamos medio dormidos. Ellos lo miran todo, al detalle. Hablan en hebreo. De vez en cuando, el agente se dirige a nosotros en su perfecto inglés. Intenta ser amable. La familia también. Al final, tardan poco, apenas 6 o 7 minutos. Se despiden dando las gracias efusivamente. El agente se disculpa mil veces. "It's ok" le digo, "Doesn't matter". Cierro la puerta y, esta vez, echo la llave. Por hoy, está bien de visitas. Voy al dormitorio. Re y yo nos miramos. Empezamos a reirnos. La risa nos invade y, en un rato, no paramos de reir. Yo hasta aplaudo. No me lo puedo creer, me dice. Ya, yo tampoco -le respondo-. Nos reimos un buen rato más. Discutimos si alguien nos creería. Al poco, el cansancio nos recuerda que sigue allí. Nos tumbamos en la cama. Un último vistazo, por si acaso, a la puerta del dormitorio. Cierro los ojos y me digo: Buenas noches, Tel Aviv. Perdón, "Good morning".


3 comentarios:
joder jesus estas empezando una novela tio. Te lo digo en serio.
Por otro lado es curioso lo del judio en etiopia. Los rastafaris tienen a etiopia como tierra madre y siempre hablan del monte de Zion, que para ellos es el paraiso, lo contrario a babylon (para ellos la sociedad occidental). Sigue siendo curioso cuando etiopia es el unico pais de africa que mayoritariamente profesa la religion cristiana. Y es mas curiosos todavia cuando el antiguo testamento habla de sion y el pueblo judio sienta sus bases en eso y con el paso del tiempo adopta el sionismo como movimiento politico de liberacion nacional. Curiosa relacion entre los rastas jamaicanos y los hijos de yahveh. El mundo es un pañuelo tio.
Por favor escribe más.Estoy deacuerdo con calitos_way es el principio de una novela.En cuanto a la marmota jejje qué décir, fiel a su estilo.Me encnató.
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