- Blade Runner -

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."
11/12/10

Una de Cái

Mediados de Agosto. Son las nueve de la mañana y el coche ya está cargado. Camino de El puerto de Santa María. Mi amigo Luis nos ha invitado a su casa. Toca semana de relax. Me ha prometido paseo en su barco. Tengo ganas de verlo tripular. Ha sido todo un año oyendo cómo conseguía los títulos de patrón y capitán de yate. En fin, cerramos el cortijo y partimos. El coche nuevo se porta de lujo y el viaje se hace cómodo. Ronda la hora de las cañas cuando tocamos la puerta de mi amigo. Nos presenta a la familia. Dejamos los bártulos y echamos un vistazo a la casa. Un chalé impecable, no le falta detalle. Al poco, después de hablar un rato sobre el viaje y la casa, salimos a comer. Vamos todos a Casa Flores. Comida exquisita y trato de la vieja escuela. Es un sitio fino y por la gente que veo caro. Esperamos hueco. Hay un tipo joven en la barra enfrente de mí. Bronceado y cachas. Parece un niño de papá. Lleva una camiseta con el logo de Aston Martin. Lo acompaña una monada de esas -tanto tienes, tanto vales- con su vestido de fiesta. Al poco entran al comedor y nos dejan el hueco deseado. Luis y yo somos de echar el ancla sobre una buena barra y allí nos quedamos. Aguantamos nuestras tres horas a base de cerveza y raciones de la tierra. Para endulzar, ya al final, algo en vaso largo. En fin, la familia de Luis es estupenda y la parienta y yo nos hemos sentido en familia. De vuelta al chalé siesta de pijama. Y así durante tres días. Bendito descanso. A la tarde del cuarto, Luis y yo estamos solos en casa. Las mujeres andan haciendo no sé qué no sé dónde. Llaman por teléfono a Luis. Parece que ha quedado con alguien. “En diez minutos estoy ahí” le oigo decir. Me pregunta si quiero acompañarlo. Va a ver a un amigo. ¿Qué puedo hacer? Llegamos rápido al bar en cuestión. Entramos y veo a un tipo cincuentón. Es alto. Delgado, pero se le nota curtido. La cara surcada de marcas. Lleva algo de barba y ojos azules como el mar. Hay dos copas de balón con gin-tonic en la barra. Supongo que el tipo no esperaba compañía. Nos presentan. Es Vicente. Tuvo un cargo en la marina que prefiero omitir. Hechas las presentaciones un vaso ancho de Johnie Walker se une a la reunión. Al parecer, Luis ayudó a nuestro marino con la preparación de un curso y Vicente le comenta que tal la jugada. Al principio, mientras habla, Vicente apenas me mira. Supongo que es normal. Me voy enterando de qué va el curso. Algo sobre como proteger la costa en caso de que un petrolero la pifie. Como acordonar la zona y cosas así. Bueno, la historia acaba y las copas también. Así que hay que hacerse con una nueva ronda. Estos dos beben rápido y yo hago lo que puedo a costa de marearme más rápido de lo que debiera. Sólo son las seis. Miro por la ventana. Estamos justo enfrente de la base americana de Rota. De hecho, hay una pareja yankee en el local con un niño. Ella es de origen asiático y él pelirrojo. La chica pide unas tapas en español con el inconfundible acento americano. Vuelvo a mirar por la ventana. Las casas de estos americanos son iguales que en las películas. Mientras me fijo, Vicente intenta convencer a Luis sobre cruzar el Atlántico en barco. Él se resiste. -"Son cuarenta y cinco días viendo solamente agua"-le oigo decir. No tengo muy claro si eso es relajante o frustrante. De pronto, mi amigo le pide a Vicente que me cuente lo de Ikea. Yo me vuelvo extrañado. El marino se resiste pero el gin-tonic le puede y, al final, se rinde rápido. Nos hace prometer que la historia no saldrá del bar. Lo siento, soy culpable. La historia fue más o menos así:

Abren el Ikea en Jerez. Así que Vicente y su mujer deciden ir a comprar. Él se empeña en llevar un pequeño remolque, cosa que disgusta bastante a la legítima. En fin, nada nuevo. El caso es que al final compran un par de sillones. Vicente se las ve y las desea para meterlos en el remolque. Los dos caben un poco justos pero se las va apañando para colocarlos. Las protestas conyugales no ayudan -piensa nuestro marino-. Rondan ya las ocho de la tarde. Vicente se apresura. Las motos están a punto de salir del circuito de Jerez de vuelta a casa. Además lleva una de las luces del remolque fundida, así que prefiere llegar antes de que anochezca. Por supuesto, no comenta el detalle con su mujer. Arrancan. Camino, por fin, de casa. Vicente le pisa al acelerador. Ve como el sol cae rápido y tiene prisa. Va echando sucesivos vistazos por el espejo a los sillones. Las protestas de la parienta duran poco. En un momento ella se calla. Va bastante rápido y aunque está a punto de anochecer se relaja un poco. Piensa en llegar a casa y descargar los sillones. Ha sido una tarde ajetreada. Primero el jaleo de Ikea y luego los roces por culpa del maldito remolque. Se jura no volver a ir de compras con la jefa. Vuelve a echar un vistazo por el espejo. Un chispazo le recorre entero. Mira al frente. El pulso se le acelera y vuelve a mirar por el espejo. Sólo hay un sillón. El corazón le bombea cada vez más rápido. Prefiere callar. No sabe que hacer. Sigue conduciendo. Mira una y otra vez como si el sillón fuera a aparecer. Se le ocurre que puede llegar a casa y ver que pasa. Joder, ¿Vuelve a buscarlo? ¿O no? Sigue conduciendo en silencio. De pronto piensa que si el sillón ha caído en la carretera puede provocar un accidente. Ahora sí, no tiene más remedio que dar la vuelta. Carraspea y se lo dice a su mujer que lo mira con ojos como platos. Me imagino el "Hemos perdido un sillón" flotando por el coche mientras veo que Luis se lo pasa en grande. La mujer de Vicente gira el cuello para comprobarlo por sí misma. Se pone a gritarle. Vicente está de los nervios. No va a aguantar mucho así. Demasiada tensión, demasiados flancos. Tiene que tomar una decisión. Para el coche. Pese a las protestas de su mujer, la baja del vehículo. Al sillón también. Deja a la parienta sentada sobre el único sillón que tiene ahora en una rotonda. Y da la vuelta. Ya es de noche pero no le importa. Va mirando pero ni rastro. Mientras, su mujer, presa de la excitación llama a una amiga. Lo primero que le suelta es: “Marga, no te vas a creer donde estoy”. Luis y yo no paramos de reírnos. Además, Vicente tiene esa pizca de gracia del sur contando las cosas. En fin, se cruza con el primer grupo de motoristas ya de vuelta. Otro contratiempo más. Llega hasta el Ikea pero nada. Ni rastro del sillón. Lo único que había en la carretera era un fila interminable de motos. Sólo una manada de tipos que, por los gestos, seguían con ganas de fiesta.

"Al final lo encontré" me dice antes de darle un trago largo a la copa. Pero fue al día siguiente. Salí temprano a buscarlo, sin el remolque. Estaba al lado de una gasolinera. Creo que salió volando en una curva. Le pedí al tipo que estaba allí que le echara un vistazo mientras volvía con el remolque. Se echa otro trago al coleto. Y el muy cabrón me dice: "Lo siento pero yo no vigilo sofás". Joder, solo es un puñetero sillón.“Arrggg” gruñe un poco mientras mira la copa. Tuve suerte y cuando llegué con el remolque aún estaba allí.

Luis no para de reírse de él, le pincha. Yo intento mantenerme en mi sitio. No hay confianza ni ganas de ofender. Así que, educado, aunque un poco cómico, le digo:

-Pues vaya mal rato pasaste, ¿no?

Él sonríe con la copa de balón en la mano y me contesta:

-Peor lo pasó mi mujer.

Me extraño. No acabo de pillar su tono burlón.

-¿Por qué? Le pregunto bastante curioso.

Vuelve sus ojos azules sobre mí. Y con una sonrisa profunda, como si yo acabara de dar en la tecla, va y me larga:

-Porque todos los motoristas de Jerez, al pasar, le preguntaban: “Señora, ¿Cuánto coooooobra?”


Hace no demasiado que me enamoré de la literatura de Coetzee. Aunque hacía ya años que había oído hablar de él. Por supuesto, de todo un señor premio Nobel. Lo que escuché en su día me gustó lo suficiente como para añadirlo a mi lista de “ya llegará” que, conociendo al sujeto como me conozco, ya es bastante. Y vaya que si llegó. Y con intereses. Fue leyendo (el divertidísimo) “Dietario voluble” de Vila-Matas donde nos volvimos a encontrar. Vila-Matas citaba una parte de un ensayo de Coetzee.Aquella reflexión me impresionó de tal manera que, al acabar el dietario, me fui directo a comprar el ensayo. Lo encargo. Tarda una semana. Llega y lo leo de manera compulsiva. Lo acabo y me parece que he aprendido más de la condición humana que en todas mis clases de filosofía. Es lo que tiene ser un maestro, supongo. Pero aún no me rindo a él. A ver que tal te defiendes con una novela -me digo-. Busco un poco al azar en internet. Hay una que suena mucho “Vida y época de Michael K.”. Tiene un Booker Prize y todo. La compro y la leo. Me parece dura. Muy dura. Su prosa ha cambiado. Narra de manera distinta. Más limpia. Se ha vuelto menos técnico. Bueno, es normal si uno lo piensa un poco: no es un ensayo. Cuando acaba el libro me doy cuenta de que, es perfecto. Puede que no te guste lo que te cuente, pero su modo de contarlo es impecable. No hay nada que decir de esa novela salvo que es perfecta. Me intereso por el personaje en cuestión: John M. Coetzee. Leo en internet que es un tipo algo excéntrico. Pero me interesan sus excentricidades. Me tocan de cerca. Miro que puedo leer que lleve su firma. ¡No puede ser! Acabo de enterarme que está con sus memorias. Eso es perfecto. Puedo indagar en su vida. Las ha dividido en tres partes: "Infancia","Juventud" y "Verano". Las leo de un modo frenético. Y ahora sí que me rindo a su literatura. Capitulo sin condiciones. Pero, ¿Ya está? ¿Se acabó? Yo quiero saber más de él. ¿Acaban sus memorias en “Verano”? No puede ser, en esa novela tiene unos treinta y tantos. Y ahora debe ser sexagenario. Cojo el libro de mi estante. Lo compruebo todo. De pronto miro el título original: “Summertime: scenes from provincial life III” Bueno, quizá haya una cuarta parte, eso me consuela. Vale, pero, aún así, quiero más. Me voy flechado a la librería. Directamente al estante de la editorial donde publica Coetzee. No hay muchos pero sí uno que no tengo: “Desgracia”. Lo arranco de allí y por unos 15 euros, una ganga -ya verán si lo leen-, me lo llevo. Lo leo. Aaahhh...es increíble nadar en su prosa. Una prosa exquisita, elegante, transparente, pulida al máximo. El libro me ha sentado de maravilla. Varios días después tengo un momento de lucidez. Muy bien -me digo-, por un tiempo nada de Coetzee. Sólo un tiempo. Compro lo último de Murakami y lo devoro. Es corto y la lectura no se ha hecho difícil. Me hago con "1984" de Georges Orwell (una de mis deudas pendientes). El libro me seduce inmediatamente. Es bueno. No, es muy bueno. Lo recomiendo. Cuando lo acabo me doy cuenta de que estoy un poco curado de mi adicción a Coetzee. Gracias señor Orwell: por crear semejante obra y, a la vez, curarme un poco. Aunque, siendo sinceros, he de decir que la lista de libros de Coetzee que me faltan por leer sigue rondando por mi cabeza: Elizabeth Costello, Diario de un mal año,...
Ahora hace demasiado calor para concentrarse delante de un libro. Bajo al videoclub. Doy una vuelta por él. Y casi al final me topo con una película: “Desgracia”. -No puede ser- me digo. Me acerco un poco. “Basada en el bla bla bla...de J.M. Coetzee”. Sabía que habían hecho una película pero no esperaba que estuviese ya en el videoclub de la esquina. Lo sabía por la carátula del libro ¿La cojo? Uff, sé todo lo que va a pasar. Es muy dura. ¿De veras me apetece? -me digo- Es domingo. Mejor una comedia, ¿no? De pronto me sorprendo a mí mismo pensando en si el director habrá sabido captar el universo Coetzee. ¡Maldita sea! Veo como mi mano coge la carátula. No me queda más remedio que verla. Me voy a casa. Ceno. Pongo el aire acondicionado ¡maldito calor! Y me tumbo en la cama. -A ver que habéis hecho- pienso. Empieza bien. Veo alguna escena recortada del libro. Bueno, no es demasiado importante, me repito a mí mismo. Cuando lleva un rato me doy cuenta de que el tono de la película refleja muy bien el de la novela. Por ahora perfecto. Me fijo en John Malkovich -el prota-. Es genial. Ha leído el libro y ha entendido el personaje. Lo interpreta de manera magistral. A veces, me parece ver al auténtico David Lurie de la novela. Se me cae el mundo a los pies cuando veo a Malkovich cargar la furgoneta con bolsas de basura -ya sabréis por qué si la veis-. La vida en Sudáfrica no parece fácil. La película acaba. Ya sabía todo lo que iba a pasar y, sin embargo, se me ha atragantado un par de veces. Joder, me digo. Que mal viven algunos en ese país. En fin, ha sido Coetzee en estado puro ¿qué demonios esperaba? Miro alrededor. Estoy tumbado en mi cama. He cenado muy bien. El aire acondicionado me mantiene fresco mientras fuera hay cerca de cuarenta grados. Con sus reglas buenas y malas, en este trocito de mundo, no se está tan mal. Nada mal. Soy afortunado, creo. Al menos, comparado con la gente de la película. Me levanto y voy al baño. Al salir me miro al espejo. Casi se me olvida: En un par de días, eso sí, habrá que encargar “Elizabeth Costello”-me digo-.

Hubo un tiempo en este país en que los tipos raros estaban muy de moda y tenías que reirte con ellos. Tuvieron su auge durante la época dorada (?) de Crónicas Marcianas. Aunque los personajes que Cárdenas nos enseñaba noche tras noche pertenecían, más bien, a la subcategoría del esperpento. Ahora se lleva más el rollo freak, ya sabeis: Eres un friki, que cosa más friki, etc...

Pues bien, a mí siempre me ha interesado otro subgénero. El de esos tipos que forman parte del paisaje urbano donde uno se mueve. Son esos que pasan a tu lado casi a diario y que echas de menos, aun sin conocerlos, si desaparecen por algún tiempo.

Hace ya muchos años que me encontré con mi primer especimen de esta subclase. Era un tipo cincuentón y no muy alto. Siempre calzaba un mono azul de currante y gafas de sol que bien podrían llamarse “anteojos tintados” en la época de Franco donde, supongo, los fabricaron. Siempre que me lo he topado llevaba el gesto serio. Es más, nunca vi bajo su bigote torcerse nada. Pasaría por un extra de Río Bravo. Uno de esos que no necesita actuar para hacerte creer que la vida lo ha cosido a puñaladas. Hasta aquí nada demasiado nuevo, nuestro vaquero tiene demasiadas almas gemelas. Lo que me empezó a llamar la atención es que andaba todas las mañanas, al menos diez kilómetros, por una carretera bastante impracticable y que casi no tiene arcén. Ida y vuelta a diario. Desconozco las veces que hacía el recorrido. ¿Por qué no coge el bus para ir a trabajar? Me decía yo al principio. La verdad es que nunca he sabido donde iba pero a las 8:00 de la mañana ya caminaba hacia un barrio residencial -yo vivía allí por aquel entonces- donde no había obras en las que trabajar. El domingo que me lo encontré supe que su destino no era ganarse el pan. Lo confirmé cuando le vi hacerlo también en vacaciones e incluso en noche cerrada. Siempre he querido saber adonde se dirigía y por qué. Otro día os hablaré de él, de cuando me lo encontré vestido con su mono en un supermercado y de lo que pasó.

Pero no pueden faltar mis dos tipos "raros" por excelencia. Vaya por delante que pagaría una fortuna por cualquier clase de información sobre ellos. Son un par de hombres. Ya pasados los sesenta, diría a ojo. Siempre que me los he topado yo iba en coche y ellos andando. Lo hacían por la misma carretera que el hombre del mono azul. Ahora que lo pienso, ¿qué diablos tiene esa carretera para estos tipos? ¿Acabaré yo allí? ¿Y tú? Bueno, sigamos. Uno de ellos es un tipo alto y camina erguido. De complexión más bien delgada aunque luce un perfil entrado ya en lo Hitchcock. Va enchaquetado de modo tan exquisito que llama la atención. Pelo cano y engominado hacia atrás, gafas Rayban -modelo clásico- y unos zapatos que relucen como recién estrenados. Parece el jefe y no uno cualquiera. El que le acompaña va siempre justo un paso por detrás, jamás se adelanta. Es bajito y va vestido “como de almacenes Arias” que diría Sabina. Está algo encorvado como si la vida le pesara y lleva un maletín negro que no hace falta que os diga a quien pertenece. Parece triste, quizás cansado. Siempre mira al suelo y tiene el aspecto de quien está donde se consume pero sabe que es demasiado tarde o es demasiado viejo para intentar escapar. Creo que cada vez que lo veo su cara está un poco más cerca del pavimento. Caminan hacia la zona residencial. No pueden trabajar allí. No hay oficinas, ni bancos, ni nada. Sólo un par de bares y un colmado para emergencias. Y si sólo caminan, ¿para qué el maletín? Durante muchos años, el jefe me pareció un mafioso. Parece un Don Vito y, estoy seguro, de que lo fue durante un tiempo. Quizás a su manera. Pero se gasta los aires de quien ha estado al mando. Y esos aires, creo yo, son imposibles de fingir. Averiguar el siguiente detalle de la pareja, en la época en que yo aún fantaseaba con sus oscuros negocios, casi me costó la bonificación del seguro del coche: Una mañana, mientras mi coche iba en línea recta pero mi cabeza giraba hacia la izquierda para verlos mejor, advertí que el señor Corleone llevaba un diminuto auricular. Era exactamente igual que los de las películas de espías. Imaginaos mi sobresalto. Y no me refiero al frenazo que di cuando miré de nuevo al frente. Al final, tuve que hacerme creer a mí mismo que aquello sólo podía ser una radio de bolsillo. Vaya dos, bueno tres -me incluyo-. Después de años de verlos recorrer el mismo camino sigo sin saber nada de ellos. Ni ellos nada de mí y mi curiosidad, espero. Y, supongo, que así seguirá siendo. ¿A dónde diablos irán todos por esa maldita carretera?



Para el que no lo sepa Cujo es una novela de Stephen King que luego fue llevada al cine. Como personaje, Cujo es un San Bernardo rabioso que no te gustaría encontrarte bajo ninguna circunstancia, créeme. Os dejo un pequeño vídeo del trailer. A lo que voy, el sábado pasado tras darnos una buena paliza de limpiar en mi nuevo palacete -joder como cansa limpiar azulejos- fuimos, la novia, la hermana, la madre y el suscribiente, a Casa. Sí, Casa, la cadena de tiendas para decorar tu hogar. O intentarlo con lo que te compres que eso es otra cosa. Que maravilla, cuantas cosas monas puede poner uno en su casa, budas que echan agua y cosas super-chic de lo más, osea. El caso es que íbamos a por una especie de perchero gigante, de esos de las tiendas de ropa, porque visto que se nos echa el tiempo encima y de que en Agosto "Spain stops" habrá que esperar a Septiembre para encargar el armario más grande del mundo. Sí reiros pero no habeis visto el dormitorio. Mi tío sigue perdido allí desde el sábado, no os digo más. No, no es el caso del pez de Mixta. El caso es que entramos en la tienda y como siempre, todo está al fondo a la izquierda. Miramos todos detenidamente: sólo hay dos modelos. Uno parece demasidado malucho y probamos a mirar la foto de 10x10 de la otra caja. La caja es pequeña, nos llega por encima de la rodilla y de todas las chorradas que pone en el frontal ni una sola hace referencia a las medidas. Vuelta por aquí, por allá y nada. Al final Re, coge una caja que hay abierta y empieza a sacar barras. Madre mía, pienso -¿esto es para un perchero o para un andamio? Como Re siga sacando barras, las dejo esta tarde en el dormitorio con el bocata de jamón y a ver si hay suerte y mi tío lo monta mientras encuentra la salida-. Al final nos hacemos una idea de las dimensiones y procedemos a guardarlo todo en la caja. ¡Cling! A Re se le cae una barra. Y aquí empieza la odisea: Aparece de la nada un ser a medias entre una rubia cincuentona y Cujo. Joder que susto me da. ¿Y esos ojos de loca? Se pone a ladrar: NO SE PUEDEN ABRIR LAS CAJAS. Re le responde tranquilamente: "Estaba ya abierta". Joder, tiene una mirada que parece que vaya a sacar un cuchillo y matarnos en aquel rincón de la tienda. Bueno, somos cuatro, alguno sobrevivirá. Tengo miedo, en serio coño. Me siento igual que cuando rompí el cristal de clase con el balón. -¿Me dará una colleja esta tía? Joder, solo pido que no me lleve retorciéndome la oreja hasta la puerta, por favor-. Cujo sigue ladrando: "Verás ahora para meterlo en la caja". -No se preocupe, nosotros nos lo llevamos así-le dice Re. -Es que verá, necesitábamos saber las medidas- le explica Re. "¿Las medidas? -grita Cujo". "PUES LAS DE LA CAJA" contesta como diciendo "Pandilla de anormales, no os mato porque hay gente en la tienda". Y esto lo cambia todo. Miro la caja que me llega por la rodilla y pienso: Claro, cuelgas la camisa a la altura de la rodilla. Lo normal, vamos. ¿La percha es para David el Gnomo o para Los Diminutos? Es que no lo pone. Mitad colgado, mitad suelo. Igual es que se lleva el look "lleno de pelusas desde el segundo botón" y yo no me he comprado el Hola este verano. En ese momento me pongo de mala leche y pienso: La has cagado Cujo. Saco las pocas barras que tenía metidas a toda prisa para salir de allí pitando y empiezo a colocarlas todas  en la caja de modo exquisito, perfecto. De fondo oigo como Re le dice a Cujo que no tiene sentido eso que dice. Yo, lo más pausado que puedo, lo coloco todo dentro de la caja, tal y como estaba. Al final, Re deja de intentar dialogar con ella e intenta ayudarme. Quiere meterlo todo rápido y que nos larguemos de allí. "Ya lo hago yo" le respondo en tono tranquilo pero muy firme. Me deja hacer. Mientras sigo, Cujo hace como que ordena cosas allí al lado."Perfecto" pienso. Al final acabo. Dejo la caja tal y como estaba. Voy hacia el montón de cajas donde estaba ésta y la abandono. Después, tranquilamente, cojo una sin abrir y me voy hacia la caja. Según me contó luego Re, Cujo se quedó blanca en ese instante. Sí, pude haber muerto de camino a la caja pero me jugué el tipo. Mientras voy a pagar, Cujo se pone a mi altura y me dice: "Eso no son modales". Le respondo tranquilamente: "Le he dejado la caja exactamente igual que como me la encontré". Cujo no dice nada y se larga no se adónde. Sí, creo que llevaba el rabo entre las piernas. Niños, no hagáis esto en casa.

Un sonoro claxon sacudió la tranquila mañana de sábado en Banstead st. Dorothy estaba sentada en su viejo sillón ocre cuando lo oyó. La pierna le había dado una mala noche y la mantenía en alto mientras refunfuñaba a solas. A pesar del dolor, al oír la bocina del coche, se levantó a curiosear. Cojeando un poco se acercó a la puerta. Apartó con sigilo uno de los visillos que adornaban las decorativas jambas de vidrio y echó un vistazo fuera. Al instante reconoció el Rover que paraba delante de su casa y la abultada figura que lo conducía: era Freddie, el amigo de Clusk. Aquel grueso perfil era inconfundible. No pudo ignorar que el coche relucía como si fuera nuevo. Parecía que Freddie se hubiera empeñado en tenerlo a punto para ir a algún lado. Por lo que ella sabía, es lo que solían hacer los hombres con sus coches. Siguió allí mirando esperando a que Freddie bajara del Rover. Mientras permanecía expectante escuchó los familiares crujidos de los pasos de Clusk sobre el piso de madera de la planta superior. Con el tiempo, uno aprende a distinguir los pasos de los que tiene cerca. Era obvio que Clusk también había oído el claxon y se disponía a bajar. Dejó el visillo que sostenía con las manos y se dirigió a la base de la escalera. Para cuando su cojera le permitió llegar, Clusk ya estaba abajo. Al encontrarse frente a frente, Clusk le dió los buenos días tímidamente y agachó un poco la cabeza. Dorothy estaba un poco confusa.

-"He visto a Freddie fuera pero es muy temprano Clusk, ¿ya te vas?" dijo con tono de preocupación.

Freddie aún se mantenía ligeramente cabizbajo. Se armó de valor y le contestó

-"Sí, esto...vamos a...bueno, es una sorpresa", terminó diciendo improvisando una explicación.

Dorothy dudó unos segundos.

-"¿Una sorpresa?" exclamó sin entender del todo.

Clusk carraspeó un poco. En parte porque empezaba a ponerse muy nervioso y en parte por ganar algo de tiempo. De pronto le vino a la cabeza una frase que su madre le repitiera: Clusky, mentir no es cosa de caballeros y tú quieres ser un caballero ¿verdad?

-"Creo que Freddie quiere llevarme a algún sitio pero no me ha dicho aún donde" contestó prolongando su historia un poco más.

-"¿Sin desayunar siquiera? Te he preparado unas tortitas Clusky". Por su tono, la última frase de Dorothy era un claro chantaje. 

Clusk empezó a sentirse acorralado y, a la vez, algo culpable. El claxon del Rover volvió a rugir y él aprovechó aquel momento de tregua para escapar.

-"Tengo que irme Dorothy. Gracias por las tortitas pero Freddie me espera. Siento no haberla avisado anoche. Supongo que tomaremos algo por ahí".

Algo avergonzado, se fue directo a la puerta. Cogió su gabardina y su sombrero mientras oía la cadencia de la cojera de Dorothy a su espalda, como persiguiéndole.

-"Está bien, no pasa nada hijo. Creo que hay un sitio nuevo en Fulham's St., cerca de ese apestoso Smokey's. No sé como a alguien se le ocurriría ir allí" empezó a relatar Dorothy.

-"Gracias Dorothy" dijo Clusk en un tono que daba por zanjada la conversación mientras cruzaba ya la puerta. En el instante en que iba a cerrarla oyó que Dorothy le decía

-"Feliz cumpleaños Clusky". Él se relajó por un instante y le dió las gracias mientras cerraba. Al darse la vuelta se olvidó de los escalones que le separaban del suelo y a punto estuvo de acabar sobre la grava que alfombraba el sendero del jardín. Freddie, que leía el Times mientras esperaba, se giró y vió como su amigo daba un buen traspié. Todo quedó en un susto. Al verlo de nuevo recompuesto, le sonrió. Clusk se sentía un poco ridículo por toda la situación. Bordeó el Rover de su amigo, abrió la puerta y se instaló en el asiento de al lado.

-"Buenos días Clusk" dijo Freddie con una sonrisa mientras doblaba el periódico.

-"¿Podrías arrancar?" le contestó su amigo bastante serio. Tenía su gabardina y el sombrero sobre su regazo.

-"El Times dice que la primera carrera en el Catford Greyhoud Stadium es a las once, ¿O prefieres hoy ir a Crayford?" dijo Freddie para agradarlo.

-"Catford está bien Fredderick, arranca por favor". Clusk estaba cada vez más nervioso.

-"Dicho y hecho". Freddie miró hacia la casa y vió como Dorothy les espiaba a través de uno de los visillos. Sonrió y puso en marcha el contacto. El Rover salió suavemente y empezó a recorrer la calle. Aún se podían contar números en Banstead cuando Clusk se relajó por fin en su asiento y suspiró aliviado.

-"Perdona Fred" añadió.

-"No pasa nada Clusk, te entiendo. Además, hoy es tu día". Dijo quitándole importancia.

Clusk sonrió y, dentro de sí, se lo agradeció de veras. Algo más animado le preguntó:

-"¿Podrías llevarme a algun sitio a desayunar? Me muero de hambre."

-"Ese era al plan. Dicen que hay un sitio nuevo en Fulham pero no me fío ¿Tú qué dices?"

-"Sí, creo que Dorothy me ha dicho algo pero prefiero ir donde siempre".

-"Tú mandas. Directos a Smokey's pues".

Freddie conducía por la autopista A3 mientras ponía al día a su amigo de algunos problemas domésticos. Su mujer le atosigaba porque quería comprar unas cortinas nuevas.

-"No lo entiendo Clusk. Sólo tienen dos años pero dice que esta temporada se lleva un estampado francés. ¿Francés? Pues que lo pongan en Francia ¿Cortinas francesas en una casa inglesa? Te juro que no entiendo nada."

Clusk se reía a carcajada limpia. Freddie tomó la salida para la A219 que les llevaría directos a New King's Road, cerca de Fulham. No había mucho tráfico y el día prometía, apenas había niebla. Se hizo un silencio en la conversación mientras recorrían la A219. Sólo se oía el suave rugido del motor inglés abriéndose paso. Clusk miraba por la ventanilla pensativo. -Debe ser una lata tener que discutir con alguien por unas cortinas- se decía a sí mismo pero, en el fondo, lo envidiaba y era consciente de ello.

-"Ya casi estamos" dijo un Freddie orgulloso mientras enfilaba New King's Road. Miró a su amigo que llevaba dibujada en la cara, desde hacía un buen rato, una sonrisa estúpida y éste salió de su ensoñación. Se había estado imaginando como sería discutir con Sue sobre unas cortinas. 

No tardaron mucho en aparcar el reluciente Rover. Al entrar en Smokey's vieron a Marcus, algo alterado, tras la barra. Le daba instrucciones a una chica. Lo saludaron y éste les hizo una seña, luego hablarían.

-"Debe ser nueva" dijo Freddie mientras cruzaban el reformado pub.

No había mucha gente en el local a esas horas y Clusk pudo elegir la mesa en su rincón favorito, junto a la ventana y algo aislada del resto. Miraron la carta aunque, como todo cliente asiduo que se precie, la conocían de sobra. Marcus apareció de pronto. Les dio los buenos días y les confesó que había contratado a la hija de un conocido por hacerle un favor. Al parecer, la chica era bastante torpe y él empezaba a desesperarse. Ellos le pusieron también un poco al día de sus vidas. Fue Freddie el que confesó que era el cumpleaños de Clusk. Al final, pidieron lo de costumbre. Mientras desayunaban, Clusk le contó a su amigo un par de cosas interesantes que había leído en el Reader's Digest. O al menos, a él se lo parecían. Por su parte, Freddie le suministraba los últimos cotilleos de la oficina. La mayoría sorprendían bastante a Clusk que no parecía enterarse nunca de nada:

-"Es imposible Freddie. ¿Robertson? Jamás lo hubiese sospechado. ¿Estás seguro?"

Freddie asentía con la cabeza y una sonrisa iluminaba su cara. De vez en cuando, ambos interrumpían la charla para mirar hacia la barra donde Marcus intentaba no desesperarse mientras parecía corregir a la nueva camarera. Contando a la chica, había tres camareros en el local y luego estaba Marcus que, normalmente, sólo supervisaba. Esa mañana, parecía hacer el trabajo de dos.

-"Un excelente café el de Smokey's" soltó un Clusk satisfecho al terminar su taza.

En ese instante Marcus, que parecía tener prisa, se despidió desde la puerta haciéndoles una seña. Ellos le devolvieron el saludo.

-"¿Dónde crees que irá?" preguntó Freddie. Clusk se tomó su tiempo para responder, luego sonrió y contestó

-"Seguramente a por otra camarera". A Freddie le hizo gracia la ocurrencia. Después del episodio con Dorothy, Clusk se encontraba de muy buen humor. Llamaron a uno de los camareros para pagar. Éste asintió. Un sonriente Clusk dijo triunfal

-"Fred, hoy pago yo".

-"Debo reconocer que me encanta cuando me invitan" le contestó su amigo echándose hacia atrás en la silla con una media sonrisa. "Creo que he comido demasiado" añadió tocándose su enorme barriga y torciendo ahora un poco el gesto.

-"En realidad invita el señor Cabbot" le susurró Clusk en un misterioso tono mientras sacaba el billete de 50 libras que recibiera la tarde anterior. Su amigo enarcó las cejas y bastante confundido, soltó un ahogado

-"¿Cabbot?"

En ese momento llegó el camarero. "El señor O'Brien les invita caballeros" dijo con una voz atiplada. Los dos se miraron y le dieron las gracias al chico. Ambos se sentían satisfechos. Mientras recogían sus gabardinas, Freddie insistió con la pregunta que había quedado en el aire: "¿Cabbot? "

"Luego te lo cuento" le respondió su amigo. Al salir, un cálido sol gobernaba ya las calles londinenses. Cuando Clusk recibió las caricias del astro rey en la cara, cerró los ojos y una felicidad especial lo embargó. En ese preciso instante supo que aquel día era especial, sería especial. Como si algo fuera a cambiar. Una voz interior le decía: Espera un poco más, sólo un poco más.