- Blade Runner -
Hubo un tiempo en este país en que los tipos raros estaban muy de moda y tenías que reirte con ellos. Tuvieron su auge durante la época dorada (?) de Crónicas Marcianas. Aunque los personajes que Cárdenas nos enseñaba noche tras noche pertenecían, más bien, a la subcategoría del esperpento. Ahora se lleva más el rollo freak, ya sabeis: Eres un friki, que cosa más friki, etc...
Pues bien, a mí siempre me ha interesado otro subgénero. El de esos tipos que forman parte del paisaje urbano donde uno se mueve. Son esos que pasan a tu lado casi a diario y que echas de menos, aun sin conocerlos, si desaparecen por algún tiempo.
Hace ya muchos años que me encontré con mi primer especimen de esta subclase. Era un tipo cincuentón y no muy alto. Siempre calzaba un mono azul de currante y gafas de sol que bien podrían llamarse “anteojos tintados” en la época de Franco donde, supongo, los fabricaron. Siempre que me lo he topado llevaba el gesto serio. Es más, nunca vi bajo su bigote torcerse nada. Pasaría por un extra de Río Bravo. Uno de esos que no necesita actuar para hacerte creer que la vida lo ha cosido a puñaladas. Hasta aquí nada demasiado nuevo, nuestro vaquero tiene demasiadas almas gemelas. Lo que me empezó a llamar la atención es que andaba todas las mañanas, al menos diez kilómetros, por una carretera bastante impracticable y que casi no tiene arcén. Ida y vuelta a diario. Desconozco las veces que hacía el recorrido. ¿Por qué no coge el bus para ir a trabajar? Me decía yo al principio. La verdad es que nunca he sabido donde iba pero a las 8:00 de la mañana ya caminaba hacia un barrio residencial -yo vivía allí por aquel entonces- donde no había obras en las que trabajar. El domingo que me lo encontré supe que su destino no era ganarse el pan. Lo confirmé cuando le vi hacerlo también en vacaciones e incluso en noche cerrada. Siempre he querido saber adonde se dirigía y por qué. Otro día os hablaré de él, de cuando me lo encontré vestido con su mono en un supermercado y de lo que pasó.
Pero no pueden faltar mis dos tipos "raros" por excelencia. Vaya por delante que pagaría una fortuna por cualquier clase de información sobre ellos. Son un par de hombres. Ya pasados los sesenta, diría a ojo. Siempre que me los he topado yo iba en coche y ellos andando. Lo hacían por la misma carretera que el hombre del mono azul. Ahora que lo pienso, ¿qué diablos tiene esa carretera para estos tipos? ¿Acabaré yo allí? ¿Y tú? Bueno, sigamos. Uno de ellos es un tipo alto y camina erguido. De complexión más bien delgada aunque luce un perfil entrado ya en lo Hitchcock. Va enchaquetado de modo tan exquisito que llama la atención. Pelo cano y engominado hacia atrás, gafas Rayban -modelo clásico- y unos zapatos que relucen como recién estrenados. Parece el jefe y no uno cualquiera. El que le acompaña va siempre justo un paso por detrás, jamás se adelanta. Es bajito y va vestido “como de almacenes Arias” que diría Sabina. Está algo encorvado como si la vida le pesara y lleva un maletín negro que no hace falta que os diga a quien pertenece. Parece triste, quizás cansado. Siempre mira al suelo y tiene el aspecto de quien está donde se consume pero sabe que es demasiado tarde o es demasiado viejo para intentar escapar. Creo que cada vez que lo veo su cara está un poco más cerca del pavimento. Caminan hacia la zona residencial. No pueden trabajar allí. No hay oficinas, ni bancos, ni nada. Sólo un par de bares y un colmado para emergencias. Y si sólo caminan, ¿para qué el maletín? Durante muchos años, el jefe me pareció un mafioso. Parece un Don Vito y, estoy seguro, de que lo fue durante un tiempo. Quizás a su manera. Pero se gasta los aires de quien ha estado al mando. Y esos aires, creo yo, son imposibles de fingir. Averiguar el siguiente detalle de la pareja, en la época en que yo aún fantaseaba con sus oscuros negocios, casi me costó la bonificación del seguro del coche: Una mañana, mientras mi coche iba en línea recta pero mi cabeza giraba hacia la izquierda para verlos mejor, advertí que el señor Corleone llevaba un diminuto auricular. Era exactamente igual que los de las películas de espías. Imaginaos mi sobresalto. Y no me refiero al frenazo que di cuando miré de nuevo al frente. Al final, tuve que hacerme creer a mí mismo que aquello sólo podía ser una radio de bolsillo. Vaya dos, bueno tres -me incluyo-. Después de años de verlos recorrer el mismo camino sigo sin saber nada de ellos. Ni ellos nada de mí y mi curiosidad, espero. Y, supongo, que así seguirá siendo. ¿A dónde diablos irán todos por esa maldita carretera?
Para el que no lo sepa Cujo es una novela de Stephen King que luego fue llevada al cine. Como personaje, Cujo es un San Bernardo rabioso que no te gustaría encontrarte bajo ninguna circunstancia, créeme. Os dejo un pequeño vídeo del trailer. A lo que voy, el sábado pasado tras darnos una buena paliza de limpiar en mi nuevo palacete -joder como cansa limpiar azulejos- fuimos, la novia, la hermana, la madre y el suscribiente, a Casa. Sí, Casa, la cadena de tiendas para decorar tu hogar. O intentarlo con lo que te compres que eso es otra cosa. Que maravilla, cuantas cosas monas puede poner uno en su casa, budas que echan agua y cosas super-chic de lo más, osea. El caso es que íbamos a por una especie de perchero gigante, de esos de las tiendas de ropa, porque visto que se nos echa el tiempo encima y de que en Agosto "Spain stops" habrá que esperar a Septiembre para encargar el armario más grande del mundo. Sí reiros pero no habeis visto el dormitorio. Mi tío sigue perdido allí desde el sábado, no os digo más. No, no es el caso del pez de Mixta. El caso es que entramos en la tienda y como siempre, todo está al fondo a la izquierda. Miramos todos detenidamente: sólo hay dos modelos. Uno parece demasidado malucho y probamos a mirar la foto de 10x10 de la otra caja. La caja es pequeña, nos llega por encima de la rodilla y de todas las chorradas que pone en el frontal ni una sola hace referencia a las medidas. Vuelta por aquí, por allá y nada. Al final Re, coge una caja que hay abierta y empieza a sacar barras. Madre mía, pienso -¿esto es para un perchero o para un andamio? Como Re siga sacando barras, las dejo esta tarde en el dormitorio con el bocata de jamón y a ver si hay suerte y mi tío lo monta mientras encuentra la salida-. Al final nos hacemos una idea de las dimensiones y procedemos a guardarlo todo en la caja. ¡Cling! A Re se le cae una barra. Y aquí empieza la odisea: Aparece de la nada un ser a medias entre una rubia cincuentona y Cujo. Joder que susto me da. ¿Y esos ojos de loca? Se pone a ladrar: NO SE PUEDEN ABRIR LAS CAJAS. Re le responde tranquilamente: "Estaba ya abierta". Joder, tiene una mirada que parece que vaya a sacar un cuchillo y matarnos en aquel rincón de la tienda. Bueno, somos cuatro, alguno sobrevivirá. Tengo miedo, en serio coño. Me siento igual que cuando rompí el cristal de clase con el balón. -¿Me dará una colleja esta tía? Joder, solo pido que no me lleve retorciéndome la oreja hasta la puerta, por favor-. Cujo sigue ladrando: "Verás ahora para meterlo en la caja". -No se preocupe, nosotros nos lo llevamos así-le dice Re. -Es que verá, necesitábamos saber las medidas- le explica Re. "¿Las medidas? -grita Cujo". "PUES LAS DE LA CAJA" contesta como diciendo "Pandilla de anormales, no os mato porque hay gente en la tienda". Y esto lo cambia todo. Miro la caja que me llega por la rodilla y pienso: Claro, cuelgas la camisa a la altura de la rodilla. Lo normal, vamos. ¿La percha es para David el Gnomo o para Los Diminutos? Es que no lo pone. Mitad colgado, mitad suelo. Igual es que se lleva el look "lleno de pelusas desde el segundo botón" y yo no me he comprado el Hola este verano. En ese momento me pongo de mala leche y pienso: La has cagado Cujo. Saco las pocas barras que tenía metidas a toda prisa para salir de allí pitando y empiezo a colocarlas todas en la caja de modo exquisito, perfecto. De fondo oigo como Re le dice a Cujo que no tiene sentido eso que dice. Yo, lo más pausado que puedo, lo coloco todo dentro de la caja, tal y como estaba. Al final, Re deja de intentar dialogar con ella e intenta ayudarme. Quiere meterlo todo rápido y que nos larguemos de allí. "Ya lo hago yo" le respondo en tono tranquilo pero muy firme. Me deja hacer. Mientras sigo, Cujo hace como que ordena cosas allí al lado."Perfecto" pienso. Al final acabo. Dejo la caja tal y como estaba. Voy hacia el montón de cajas donde estaba ésta y la abandono. Después, tranquilamente, cojo una sin abrir y me voy hacia la caja. Según me contó luego Re, Cujo se quedó blanca en ese instante. Sí, pude haber muerto de camino a la caja pero me jugué el tipo. Mientras voy a pagar, Cujo se pone a mi altura y me dice: "Eso no son modales". Le respondo tranquilamente: "Le he dejado la caja exactamente igual que como me la encontré". Cujo no dice nada y se larga no se adónde. Sí, creo que llevaba el rabo entre las piernas. Niños, no hagáis esto en casa.
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