- Blade Runner -

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."

Hubo un tiempo en este país en que los tipos raros estaban muy de moda y tenías que reirte con ellos. Tuvieron su auge durante la época dorada (?) de Crónicas Marcianas. Aunque los personajes que Cárdenas nos enseñaba noche tras noche pertenecían, más bien, a la subcategoría del esperpento. Ahora se lleva más el rollo freak, ya sabeis: Eres un friki, que cosa más friki, etc...

Pues bien, a mí siempre me ha interesado otro subgénero. El de esos tipos que forman parte del paisaje urbano donde uno se mueve. Son esos que pasan a tu lado casi a diario y que echas de menos, aun sin conocerlos, si desaparecen por algún tiempo.

Hace ya muchos años que me encontré con mi primer especimen de esta subclase. Era un tipo cincuentón y no muy alto. Siempre calzaba un mono azul de currante y gafas de sol que bien podrían llamarse “anteojos tintados” en la época de Franco donde, supongo, los fabricaron. Siempre que me lo he topado llevaba el gesto serio. Es más, nunca vi bajo su bigote torcerse nada. Pasaría por un extra de Río Bravo. Uno de esos que no necesita actuar para hacerte creer que la vida lo ha cosido a puñaladas. Hasta aquí nada demasiado nuevo, nuestro vaquero tiene demasiadas almas gemelas. Lo que me empezó a llamar la atención es que andaba todas las mañanas, al menos diez kilómetros, por una carretera bastante impracticable y que casi no tiene arcén. Ida y vuelta a diario. Desconozco las veces que hacía el recorrido. ¿Por qué no coge el bus para ir a trabajar? Me decía yo al principio. La verdad es que nunca he sabido donde iba pero a las 8:00 de la mañana ya caminaba hacia un barrio residencial -yo vivía allí por aquel entonces- donde no había obras en las que trabajar. El domingo que me lo encontré supe que su destino no era ganarse el pan. Lo confirmé cuando le vi hacerlo también en vacaciones e incluso en noche cerrada. Siempre he querido saber adonde se dirigía y por qué. Otro día os hablaré de él, de cuando me lo encontré vestido con su mono en un supermercado y de lo que pasó.

Pero no pueden faltar mis dos tipos "raros" por excelencia. Vaya por delante que pagaría una fortuna por cualquier clase de información sobre ellos. Son un par de hombres. Ya pasados los sesenta, diría a ojo. Siempre que me los he topado yo iba en coche y ellos andando. Lo hacían por la misma carretera que el hombre del mono azul. Ahora que lo pienso, ¿qué diablos tiene esa carretera para estos tipos? ¿Acabaré yo allí? ¿Y tú? Bueno, sigamos. Uno de ellos es un tipo alto y camina erguido. De complexión más bien delgada aunque luce un perfil entrado ya en lo Hitchcock. Va enchaquetado de modo tan exquisito que llama la atención. Pelo cano y engominado hacia atrás, gafas Rayban -modelo clásico- y unos zapatos que relucen como recién estrenados. Parece el jefe y no uno cualquiera. El que le acompaña va siempre justo un paso por detrás, jamás se adelanta. Es bajito y va vestido “como de almacenes Arias” que diría Sabina. Está algo encorvado como si la vida le pesara y lleva un maletín negro que no hace falta que os diga a quien pertenece. Parece triste, quizás cansado. Siempre mira al suelo y tiene el aspecto de quien está donde se consume pero sabe que es demasiado tarde o es demasiado viejo para intentar escapar. Creo que cada vez que lo veo su cara está un poco más cerca del pavimento. Caminan hacia la zona residencial. No pueden trabajar allí. No hay oficinas, ni bancos, ni nada. Sólo un par de bares y un colmado para emergencias. Y si sólo caminan, ¿para qué el maletín? Durante muchos años, el jefe me pareció un mafioso. Parece un Don Vito y, estoy seguro, de que lo fue durante un tiempo. Quizás a su manera. Pero se gasta los aires de quien ha estado al mando. Y esos aires, creo yo, son imposibles de fingir. Averiguar el siguiente detalle de la pareja, en la época en que yo aún fantaseaba con sus oscuros negocios, casi me costó la bonificación del seguro del coche: Una mañana, mientras mi coche iba en línea recta pero mi cabeza giraba hacia la izquierda para verlos mejor, advertí que el señor Corleone llevaba un diminuto auricular. Era exactamente igual que los de las películas de espías. Imaginaos mi sobresalto. Y no me refiero al frenazo que di cuando miré de nuevo al frente. Al final, tuve que hacerme creer a mí mismo que aquello sólo podía ser una radio de bolsillo. Vaya dos, bueno tres -me incluyo-. Después de años de verlos recorrer el mismo camino sigo sin saber nada de ellos. Ni ellos nada de mí y mi curiosidad, espero. Y, supongo, que así seguirá siendo. ¿A dónde diablos irán todos por esa maldita carretera?



Para el que no lo sepa Cujo es una novela de Stephen King que luego fue llevada al cine. Como personaje, Cujo es un San Bernardo rabioso que no te gustaría encontrarte bajo ninguna circunstancia, créeme. Os dejo un pequeño vídeo del trailer. A lo que voy, el sábado pasado tras darnos una buena paliza de limpiar en mi nuevo palacete -joder como cansa limpiar azulejos- fuimos, la novia, la hermana, la madre y el suscribiente, a Casa. Sí, Casa, la cadena de tiendas para decorar tu hogar. O intentarlo con lo que te compres que eso es otra cosa. Que maravilla, cuantas cosas monas puede poner uno en su casa, budas que echan agua y cosas super-chic de lo más, osea. El caso es que íbamos a por una especie de perchero gigante, de esos de las tiendas de ropa, porque visto que se nos echa el tiempo encima y de que en Agosto "Spain stops" habrá que esperar a Septiembre para encargar el armario más grande del mundo. Sí reiros pero no habeis visto el dormitorio. Mi tío sigue perdido allí desde el sábado, no os digo más. No, no es el caso del pez de Mixta. El caso es que entramos en la tienda y como siempre, todo está al fondo a la izquierda. Miramos todos detenidamente: sólo hay dos modelos. Uno parece demasidado malucho y probamos a mirar la foto de 10x10 de la otra caja. La caja es pequeña, nos llega por encima de la rodilla y de todas las chorradas que pone en el frontal ni una sola hace referencia a las medidas. Vuelta por aquí, por allá y nada. Al final Re, coge una caja que hay abierta y empieza a sacar barras. Madre mía, pienso -¿esto es para un perchero o para un andamio? Como Re siga sacando barras, las dejo esta tarde en el dormitorio con el bocata de jamón y a ver si hay suerte y mi tío lo monta mientras encuentra la salida-. Al final nos hacemos una idea de las dimensiones y procedemos a guardarlo todo en la caja. ¡Cling! A Re se le cae una barra. Y aquí empieza la odisea: Aparece de la nada un ser a medias entre una rubia cincuentona y Cujo. Joder que susto me da. ¿Y esos ojos de loca? Se pone a ladrar: NO SE PUEDEN ABRIR LAS CAJAS. Re le responde tranquilamente: "Estaba ya abierta". Joder, tiene una mirada que parece que vaya a sacar un cuchillo y matarnos en aquel rincón de la tienda. Bueno, somos cuatro, alguno sobrevivirá. Tengo miedo, en serio coño. Me siento igual que cuando rompí el cristal de clase con el balón. -¿Me dará una colleja esta tía? Joder, solo pido que no me lleve retorciéndome la oreja hasta la puerta, por favor-. Cujo sigue ladrando: "Verás ahora para meterlo en la caja". -No se preocupe, nosotros nos lo llevamos así-le dice Re. -Es que verá, necesitábamos saber las medidas- le explica Re. "¿Las medidas? -grita Cujo". "PUES LAS DE LA CAJA" contesta como diciendo "Pandilla de anormales, no os mato porque hay gente en la tienda". Y esto lo cambia todo. Miro la caja que me llega por la rodilla y pienso: Claro, cuelgas la camisa a la altura de la rodilla. Lo normal, vamos. ¿La percha es para David el Gnomo o para Los Diminutos? Es que no lo pone. Mitad colgado, mitad suelo. Igual es que se lleva el look "lleno de pelusas desde el segundo botón" y yo no me he comprado el Hola este verano. En ese momento me pongo de mala leche y pienso: La has cagado Cujo. Saco las pocas barras que tenía metidas a toda prisa para salir de allí pitando y empiezo a colocarlas todas  en la caja de modo exquisito, perfecto. De fondo oigo como Re le dice a Cujo que no tiene sentido eso que dice. Yo, lo más pausado que puedo, lo coloco todo dentro de la caja, tal y como estaba. Al final, Re deja de intentar dialogar con ella e intenta ayudarme. Quiere meterlo todo rápido y que nos larguemos de allí. "Ya lo hago yo" le respondo en tono tranquilo pero muy firme. Me deja hacer. Mientras sigo, Cujo hace como que ordena cosas allí al lado."Perfecto" pienso. Al final acabo. Dejo la caja tal y como estaba. Voy hacia el montón de cajas donde estaba ésta y la abandono. Después, tranquilamente, cojo una sin abrir y me voy hacia la caja. Según me contó luego Re, Cujo se quedó blanca en ese instante. Sí, pude haber muerto de camino a la caja pero me jugué el tipo. Mientras voy a pagar, Cujo se pone a mi altura y me dice: "Eso no son modales". Le respondo tranquilamente: "Le he dejado la caja exactamente igual que como me la encontré". Cujo no dice nada y se larga no se adónde. Sí, creo que llevaba el rabo entre las piernas. Niños, no hagáis esto en casa.

Un sonoro claxon sacudió la tranquila mañana de sábado en Banstead st. Dorothy estaba sentada en su viejo sillón ocre cuando lo oyó. La pierna le había dado una mala noche y la mantenía en alto mientras refunfuñaba a solas. A pesar del dolor, al oír la bocina del coche, se levantó a curiosear. Cojeando un poco se acercó a la puerta. Apartó con sigilo uno de los visillos que adornaban las decorativas jambas de vidrio y echó un vistazo fuera. Al instante reconoció el Rover que paraba delante de su casa y la abultada figura que lo conducía: era Freddie, el amigo de Clusk. Aquel grueso perfil era inconfundible. No pudo ignorar que el coche relucía como si fuera nuevo. Parecía que Freddie se hubiera empeñado en tenerlo a punto para ir a algún lado. Por lo que ella sabía, es lo que solían hacer los hombres con sus coches. Siguió allí mirando esperando a que Freddie bajara del Rover. Mientras permanecía expectante escuchó los familiares crujidos de los pasos de Clusk sobre el piso de madera de la planta superior. Con el tiempo, uno aprende a distinguir los pasos de los que tiene cerca. Era obvio que Clusk también había oído el claxon y se disponía a bajar. Dejó el visillo que sostenía con las manos y se dirigió a la base de la escalera. Para cuando su cojera le permitió llegar, Clusk ya estaba abajo. Al encontrarse frente a frente, Clusk le dió los buenos días tímidamente y agachó un poco la cabeza. Dorothy estaba un poco confusa.

-"He visto a Freddie fuera pero es muy temprano Clusk, ¿ya te vas?" dijo con tono de preocupación.

Freddie aún se mantenía ligeramente cabizbajo. Se armó de valor y le contestó

-"Sí, esto...vamos a...bueno, es una sorpresa", terminó diciendo improvisando una explicación.

Dorothy dudó unos segundos.

-"¿Una sorpresa?" exclamó sin entender del todo.

Clusk carraspeó un poco. En parte porque empezaba a ponerse muy nervioso y en parte por ganar algo de tiempo. De pronto le vino a la cabeza una frase que su madre le repitiera: Clusky, mentir no es cosa de caballeros y tú quieres ser un caballero ¿verdad?

-"Creo que Freddie quiere llevarme a algún sitio pero no me ha dicho aún donde" contestó prolongando su historia un poco más.

-"¿Sin desayunar siquiera? Te he preparado unas tortitas Clusky". Por su tono, la última frase de Dorothy era un claro chantaje. 

Clusk empezó a sentirse acorralado y, a la vez, algo culpable. El claxon del Rover volvió a rugir y él aprovechó aquel momento de tregua para escapar.

-"Tengo que irme Dorothy. Gracias por las tortitas pero Freddie me espera. Siento no haberla avisado anoche. Supongo que tomaremos algo por ahí".

Algo avergonzado, se fue directo a la puerta. Cogió su gabardina y su sombrero mientras oía la cadencia de la cojera de Dorothy a su espalda, como persiguiéndole.

-"Está bien, no pasa nada hijo. Creo que hay un sitio nuevo en Fulham's St., cerca de ese apestoso Smokey's. No sé como a alguien se le ocurriría ir allí" empezó a relatar Dorothy.

-"Gracias Dorothy" dijo Clusk en un tono que daba por zanjada la conversación mientras cruzaba ya la puerta. En el instante en que iba a cerrarla oyó que Dorothy le decía

-"Feliz cumpleaños Clusky". Él se relajó por un instante y le dió las gracias mientras cerraba. Al darse la vuelta se olvidó de los escalones que le separaban del suelo y a punto estuvo de acabar sobre la grava que alfombraba el sendero del jardín. Freddie, que leía el Times mientras esperaba, se giró y vió como su amigo daba un buen traspié. Todo quedó en un susto. Al verlo de nuevo recompuesto, le sonrió. Clusk se sentía un poco ridículo por toda la situación. Bordeó el Rover de su amigo, abrió la puerta y se instaló en el asiento de al lado.

-"Buenos días Clusk" dijo Freddie con una sonrisa mientras doblaba el periódico.

-"¿Podrías arrancar?" le contestó su amigo bastante serio. Tenía su gabardina y el sombrero sobre su regazo.

-"El Times dice que la primera carrera en el Catford Greyhoud Stadium es a las once, ¿O prefieres hoy ir a Crayford?" dijo Freddie para agradarlo.

-"Catford está bien Fredderick, arranca por favor". Clusk estaba cada vez más nervioso.

-"Dicho y hecho". Freddie miró hacia la casa y vió como Dorothy les espiaba a través de uno de los visillos. Sonrió y puso en marcha el contacto. El Rover salió suavemente y empezó a recorrer la calle. Aún se podían contar números en Banstead cuando Clusk se relajó por fin en su asiento y suspiró aliviado.

-"Perdona Fred" añadió.

-"No pasa nada Clusk, te entiendo. Además, hoy es tu día". Dijo quitándole importancia.

Clusk sonrió y, dentro de sí, se lo agradeció de veras. Algo más animado le preguntó:

-"¿Podrías llevarme a algun sitio a desayunar? Me muero de hambre."

-"Ese era al plan. Dicen que hay un sitio nuevo en Fulham pero no me fío ¿Tú qué dices?"

-"Sí, creo que Dorothy me ha dicho algo pero prefiero ir donde siempre".

-"Tú mandas. Directos a Smokey's pues".

Freddie conducía por la autopista A3 mientras ponía al día a su amigo de algunos problemas domésticos. Su mujer le atosigaba porque quería comprar unas cortinas nuevas.

-"No lo entiendo Clusk. Sólo tienen dos años pero dice que esta temporada se lleva un estampado francés. ¿Francés? Pues que lo pongan en Francia ¿Cortinas francesas en una casa inglesa? Te juro que no entiendo nada."

Clusk se reía a carcajada limpia. Freddie tomó la salida para la A219 que les llevaría directos a New King's Road, cerca de Fulham. No había mucho tráfico y el día prometía, apenas había niebla. Se hizo un silencio en la conversación mientras recorrían la A219. Sólo se oía el suave rugido del motor inglés abriéndose paso. Clusk miraba por la ventanilla pensativo. -Debe ser una lata tener que discutir con alguien por unas cortinas- se decía a sí mismo pero, en el fondo, lo envidiaba y era consciente de ello.

-"Ya casi estamos" dijo un Freddie orgulloso mientras enfilaba New King's Road. Miró a su amigo que llevaba dibujada en la cara, desde hacía un buen rato, una sonrisa estúpida y éste salió de su ensoñación. Se había estado imaginando como sería discutir con Sue sobre unas cortinas. 

No tardaron mucho en aparcar el reluciente Rover. Al entrar en Smokey's vieron a Marcus, algo alterado, tras la barra. Le daba instrucciones a una chica. Lo saludaron y éste les hizo una seña, luego hablarían.

-"Debe ser nueva" dijo Freddie mientras cruzaban el reformado pub.

No había mucha gente en el local a esas horas y Clusk pudo elegir la mesa en su rincón favorito, junto a la ventana y algo aislada del resto. Miraron la carta aunque, como todo cliente asiduo que se precie, la conocían de sobra. Marcus apareció de pronto. Les dio los buenos días y les confesó que había contratado a la hija de un conocido por hacerle un favor. Al parecer, la chica era bastante torpe y él empezaba a desesperarse. Ellos le pusieron también un poco al día de sus vidas. Fue Freddie el que confesó que era el cumpleaños de Clusk. Al final, pidieron lo de costumbre. Mientras desayunaban, Clusk le contó a su amigo un par de cosas interesantes que había leído en el Reader's Digest. O al menos, a él se lo parecían. Por su parte, Freddie le suministraba los últimos cotilleos de la oficina. La mayoría sorprendían bastante a Clusk que no parecía enterarse nunca de nada:

-"Es imposible Freddie. ¿Robertson? Jamás lo hubiese sospechado. ¿Estás seguro?"

Freddie asentía con la cabeza y una sonrisa iluminaba su cara. De vez en cuando, ambos interrumpían la charla para mirar hacia la barra donde Marcus intentaba no desesperarse mientras parecía corregir a la nueva camarera. Contando a la chica, había tres camareros en el local y luego estaba Marcus que, normalmente, sólo supervisaba. Esa mañana, parecía hacer el trabajo de dos.

-"Un excelente café el de Smokey's" soltó un Clusk satisfecho al terminar su taza.

En ese instante Marcus, que parecía tener prisa, se despidió desde la puerta haciéndoles una seña. Ellos le devolvieron el saludo.

-"¿Dónde crees que irá?" preguntó Freddie. Clusk se tomó su tiempo para responder, luego sonrió y contestó

-"Seguramente a por otra camarera". A Freddie le hizo gracia la ocurrencia. Después del episodio con Dorothy, Clusk se encontraba de muy buen humor. Llamaron a uno de los camareros para pagar. Éste asintió. Un sonriente Clusk dijo triunfal

-"Fred, hoy pago yo".

-"Debo reconocer que me encanta cuando me invitan" le contestó su amigo echándose hacia atrás en la silla con una media sonrisa. "Creo que he comido demasiado" añadió tocándose su enorme barriga y torciendo ahora un poco el gesto.

-"En realidad invita el señor Cabbot" le susurró Clusk en un misterioso tono mientras sacaba el billete de 50 libras que recibiera la tarde anterior. Su amigo enarcó las cejas y bastante confundido, soltó un ahogado

-"¿Cabbot?"

En ese momento llegó el camarero. "El señor O'Brien les invita caballeros" dijo con una voz atiplada. Los dos se miraron y le dieron las gracias al chico. Ambos se sentían satisfechos. Mientras recogían sus gabardinas, Freddie insistió con la pregunta que había quedado en el aire: "¿Cabbot? "

"Luego te lo cuento" le respondió su amigo. Al salir, un cálido sol gobernaba ya las calles londinenses. Cuando Clusk recibió las caricias del astro rey en la cara, cerró los ojos y una felicidad especial lo embargó. En ese preciso instante supo que aquel día era especial, sería especial. Como si algo fuera a cambiar. Una voz interior le decía: Espera un poco más, sólo un poco más.

Aquel viernes se presentó como tantos otros, sin hacer demasiado ruido. El Big Ben parecía afanarse en marcar las cinco. Mientras tanto, una espesa niebla intentaba ocultar un cielo rojizo tras el cual se adivinaba un sol ya moribundo. En el edificio de oficinas de Maynsfield Avenue algunas luces comenzaban a encenderse. Cabbot & Asociados, la pequeña pero solvente firma de abogados donde Clusk trabajaba se ubicaba en las plantas tercera y cuarta. Apenas quedaba gente a esas horas de viernes en la pequeña empresa. El pequeño flexo del despacho de Clusk lucía encendido. Nuestro personaje estaba envuelto en un marasmo de papeles intentando poner orden. Quería dejarlo todo listo para el fin de semana cuando sonó el teléfono. Clusk se sobresaltó. Hace tiempo hubiera podido ser Sue. Solía llamarlo al menos un par de veces al día. Una para almorzar y otra para volver juntos a casa. A veces, le costaba quitarse esa idea de la cabeza. -De eso hace mucho tiempo- terminaba diciéndose. Ahora sólo podían llamarlo dos personas: su jefe o Freddie. Freddie era el mejor amigo de Clusk y también trabajaba allí. Era un tipo orondo y bonachón de los que hacen reír a todo el mundo. Siempre conseguía hacerse con la clave para robarte una sonrisa, tenía ese don. Por la hora que era Clusk se imaginó que sería su jefe. Hacía a Freddie en casa hacía un buen rato. Se sentó firme en la silla. Cogió el auricular y con tono serio respondió:

-"Cabbot & Asociados, al habla Clusker, ¿en qué puedo atenderle?".

-"¿Aún sigue ahí señor Clusker?" dijo una voz conocida en tono burlón al otro lado del teléfono.

-"Ah hola Freddie", repuso Clusk más aliviado arrellanándose sobre la silla. "Pensé que era el señor Cabbot".

Clusk volvió a oír a su amigo reírse. 

-"Lo sé Clusk", añadió Freddie tras su pequeña risa. "Oye, ¿que quieres hacer mañana?" le espetó.

-"¿Mañana?" respondió Clusk como si no entendiera.

-"Es tu cumpleaños, ¿recuerdas?" contestó Freddie y remarcó la última palabra con tono de sorna.

Clusk suspiró y dejó caer un leve ah, después se dirigió a su amigo:

-"Podríamos ir a las carreras, hace un par de sábados que no vamos"

-"Me lo imaginaba", le contestó un decepcionado Freddie desde su teléfono.

-"Podemos hacer otra cosa, Frederick" repuso Clusk cediendo. Clusk solo llamaba Frederick a su amigo cuando una conversación se tornaba seria. En ese instante, Freddie añadió con tono conciliador:

-"Ey, Clusk. Por mí está bien. Si quieres pasar el día de tu cumpleaños viendo perros correr, por mí no hay problema. De veras."

Las carreras de galgos era la segunda afición conocida de Clusk. Su pasión por los canódromos había nacido un poco por curiosidad. Recordaba que era una de los hobbies de su padre y, un día, sin planearlo, se acercó a ver una carrera. No pasó nada especial ni ese día ni las siguientes dos veces que acudió a ver los canes competir. Si seguía yendo era porque aquello le mantenía cerca de su padre. Pensaba que sintiendo lo que el sentía cuando acudía allí era una forma de estar cerca de él. De meterse en su piel. De conocerlo un poco más y recuperar algo de aquel tiempo que les había sido robado. Fue el sábado que decidió apostar diez libras por un desconocido Flappy cuando prendió la chispa dentro de él. Era la primera vez que apostaba. "Ya que estoy aquí"- se dijo-. Clusk no sabía de favoritos ni carreras más que lo que escuchaba decir a su alrededor. Como vió que había varios criterios decidió elegir un nombre al azar. El afortunado fue Flappy. Un galgo blanco con manchas negras que a él le pareció simpático. Flappy llevaba el número siete sobre su flaco lomo. Clusk observó el inicio de aquella carrera con cierta indiferencia. Flappy iba en mitad del pelotón y Clusk prestaba más atención al gentío que a la carrera en sí. Fue esa última vuelta lo que lo cambió todo. En un arranque inesperado, Flappy se puso segundo y a Clusk se le aceleró el pulso. Ni siquiera se había imaginado que pudiera ganar. No sabía si quería ganar siquiera, dudaba nervioso. El resguardo de la apuesta estaba encerrado ahora en el puño furioso de Clusk. La recta final se le hizo eterna. Cuando el  desconocido número siete cruzó la meta en primer lugar, Clusk se sintió flotar. Alzó los brazos y gritó sin ser consciente de lo que hacía. Experimentó una sensación de júbilo en su cabeza que nunca antes había experimentado. El corazón se le salía del pecho y jamás se había sentido mejor. Nunca lo supo, pero ese fue el instante que más cerca estuvo de su padre. Como las apuestas estaban 10 a 1 por aquel desconocido siete, Clusk se llevó un buen pico. Desde entonces, nació en él una pasión por las carreras que ya nunca le abandonaría.

-"Te recogeré temprano en mi coche, huum... a las 9", dijo un Freddie algo serio.

-"¿Tan temprano?" contestó un Clusk algo contrariado. 

-"Sí, había pensado en pasar por Smokey's a desayunar" se explicó Freddie sin que su tono
dejara entrever que había opción a réplica.

 Clusk elevó bastante la voz:

-"¿Por Smokey's?" 

Después hizo una pausa consciente de su pequeño grito y siguió hablando en tono normal: "Ya sabes que a Dorothy no le gusta que vaya por allí y mañana, en concreto, seguro que me habrá preparado algo especial."

Freddie empezó a reirse de nuevo y argumentó

-"Por el amor de Dios Clusk, vas a cumplir 46 años y además, sólo es tu casera."

Clusk se defendió con tono infantil.

-"Sí, pero seguro que se huele algo cuando no desayune allí."

-"Eres imposible" dijo Freddie entre carcajadas. "Mañana a las 9 y no se hable más"

Clusk parecía contrariado. Cuando iba a contestarle a su amigo, alguien tocó la puerta
abierta de su despacho. Clusk parecía haber visto un fantasma. Sin despedirse de su amigo
colgó el auricular y se sentó correctamente en la silla.

-"¿Señor Cabbot?" se dirigió Clusk muy serio a su visita.

-"¿Aún por aquí Clusk?" dijo el dueño de la oficina con un sonrisa paternal.

-"Sí, verá, es que quiero..." empezó a decir pero el señor Cabbot le interrumpió:

-"Vete a casa Clusk, ya son más de las cinco".

-"Pero señor,..." intentó argumentar un torpe Clusk.

-"A casa" añadió el jefe en tono bastante serio.

Se hizo un silencio entre ambos. Clusk empezó a recoger sus papeles con la cabeza gacha. Cuando se disponía a salir, el señor Cabbot se giró sobre sus talones y se dirigió de nuevo a él. 

-"Oye Clusk, necesitas salir. Tomar el aire. Conocer gente nueva ¿Por qué no vas a tomar algo por ahí con Freddie? Yo invito." 

Y deslizó un billete de 50 libras sobre la mesa de Clusk. Después le echó una mirada lastimera y desapareció por el pasillo. Estos detalles hacían que se sintiera apreciado en la empresa. Al poco, Clusk apagó el flexo y cerró con llave su despacho. No pensaba llamar a Freddie pero sí le tentaba la idea de ir a tomar algo a Smokey's. Mientras duró el viaje en ascensor lo meditó. Le mentiría a Dorothy diciéndole que había estado en cualquier otro lado. Smokey's era un local bastante de moda en los alrededores. En sus inicios fue un pub que abriera la señora O'Brien. Dorothy siempre sostuvo que la señora O'Brien quiso robarle a su Lancaster y nunca se lo perdonó. Mucho después, su hijo, Marcus O'Brien, un chico listo y con visión, había tomado las riendas del local. Smokey's pasó de ser sólo un pub a servir comida también. Sus desayunos y en especial sus brunch, se habían hecho famosos en la zona. Y aunque Dorothy sabía quien mandaba ahora en Smokey's, siempre que podía, hablaba mal de aquel sitio. -Hay heridas que nunca se curan- le había dicho una de las amigas de Dorothy a Clusk cuando le contó la historia.

Clusk salió a la calle donde la triste niebla londinense lo recibió. En ese preciso instante su valor flaqueó y decidió que iría a casa. Se imaginó su plan para esa noche. Llegaría a casa. Saludaría a Dorothy y dejaría su gabardina y su sombrero en la entrada. Picaría algo que ella le habría dejado, seguramente un guiso frío del almuerzo. Mientras cenaba sería acosado por interminables preguntas sobre su día. Luego se excusaría, le diría a Dorothy que estaba cansado. Subiría a su habitación y acabaría de leer el último ejemplar del Reader's digest que había recibido esa misma semana. Sonrió para sí, le parecía un buen plan. Un leve viento sacudió la calle y Clusk se apretó de frío dentro de su gabardina. 

James Clusker o "Clusk", como todos lo llamaban, era un chupatintas sin futuro del sur de Londres. Tenía un trabajo mediocre pero lo ejecutaba a la perfección. Además, nunca había dado un solo problema en su oficina así que los jefes lo tenían en alta estima. Él sabía que aquel no era un gran trabajo pero se sentía apreciado y eso era suficiente. Aunque Clusk no los recordara todos, ya había visto cuarenta y cinco eneros distintos. Y en todo ese tiempo nunca había llegado a casarse. Durante casi cinco años había estado saliendo con Sue Hampton, una secretaria con mucho encanto que trabajaba en la planta de abajo. Clusk tardó unos seis meses en pedirle una cita desde que la viera cruzar un día delante de su despacho. Tras un precioso ramo de flores, elegido por la dependienta de la floristería, y una torpe pero sincera invitación que conmovió a la dulce Sue, ésta aceptó salir con él. Durante todo el tiempo que estuvieron juntos, Sue siempre esperó a que Clusk le pidiera matrimonio pero él nunca encontró el momento adecuado. Clusk quería encontrar un instante mágico pero siempre había algo que le parecía fuera de lugar. Al final, Sue lo abandonó y se casó con Roy, un compañero de trabajo de ambos. Tras casarse, ambos se habían mudado a una casa residencial en el norte, tenían un hijo y eran muy felices. Durante sus dos primeras navidades de casada, Sue le había mandado a Clusk un par de felicitaciones. Al no obtener respuesta, dejó de hacerlo. Tras el incidente de la boda, Clusk decidió mudarse. Hasta ahora, había vivido en la enorme y seria mansión victoriana que heredara de su madre. Pero desde que Sue se casara, se le antojó que la casa le quedaba grande. Decidió venderla y mudarse a un apartamento. Encontró lo que buscaba en casa de Dorothy. Dorothy, así se hacía llamar la otrora señora Lancaster, era una comadrona retirada. Tras cuarenta años asistiendo partos en el mismo hospital, éste sólo le había dejado una pésima pensión y un dolor ciático en la pierna derecha que, de vez en cuando, le impedía caminar por algún tiempo. Al menos, tenía la casa que le dejara su difunto marido, el veterano sargento Lancaster. Pero dado que la pensión no daba para mucho, había decidido alquilar la pequeña buhardilla de que disponía. Tras cientos de entrevistas y estando a punto de resignarse y vender la casa -pasados los cincuenta uno no vive con cualquiera, les repetía siempre a sus amigas-, apareció Clusk. Al verlo entrar, Dorothy supo que era el adecuado.

Ding, dong, sonó el timbre en el 29 de Banstead street. Dorothy se puso de pie y se encaminó a la puerta. Abrió ésta y apareció la sonrisa amable del viejo Fisk, el cartero. 

- "Buenos días Dorothy", dijo Fisk ofreciéndole varias cartas.

- "Buenos días Fisk", respondió Dorothy con tono educado." ¿Algo para Clusk?" , añadió mientras ojeaba la correspondencia.

Fisk se levantó un poco la gorra y se rascó la cabeza. 

- "Creo que sólo el Reader's Digest señora", contestó Fisk repasando mentalmente los sobres que había entregado.

- "Dorothy", le corrigió ella.

- "Perdón señora...Dorothy", dijo un Fisk algo avergonzado de haberse vuelto a equivocar.

Ella le miró con gesto serio y añadió:

- "Muy bien Fisk, buenos días."

- "Buenos días..." por un segundo estuvo a punto de repetir su error pero esta vez cayó en la cuenta y añadió mientras se cerraba la puerta: Dorothy. 

Fisk bajó los cuatro escalones de la entrada. Cogió su bici y se alejó pensando que era una estupidez, tras cuarenta años de llamar a las cosas por su nombre, cambiárselo.

Entre las tres aficiones conocidas de Clusk se contaba la lectura. Era un voraz lector, en especial, del Reader's Digest al que estaba suscrito. Solía agotar los números de la revista en poco tiempo y una vez acabada ésta se dedicaba a las novelas. Ahora pretendía devorar la nada mal nutrida biblioteca de Dorothy. Cualquier psiquiatra que hubiera indagado algo en el pasado de Clusk hubiera dicho que esa afición a la literatura le venía de la infancia. Siendo niño, Clusk había ganado un certamen de poesía en el colegio con un poema titulado A rose to mum. El poema era una oda al cariño que Clusk sentía por su madre. Su padre acababa de abandonarlos y su madre estaba destrozada, así que Clusk escribió los versos en gran medida para hacer sentir mejor a su madre. Sin saberlo, le decía a su madre que la quería y que él nunca la abandonaría. Lo cierto es que el poema de Clusk no había sido el mejor. Tras varias semanas abatido por la marcha de su padre había conseguido escribir aquel poema. Era lo único positivo que había hecho en todo ese tiempo. Así que su profesor decidió premiarlo para que se animara. El gesto tuvo el efecto deseado y la pequeña medalla y el diploma que obtuvo lo catapultaron a la normalidad. Desde entonces, no había parado de leer. Lo extraño es que nunca volvió a escribir aunque sí había sentido la necesidad de hacerlo. No lo había hecho, según él, porque no encontraba la historia adecuada. De algún modo esperaba, sin saberlo, que su siguiente historia también fuera reconocida por los demás. Pero tras más de treinta años, desde que ganara aquel concurso escolar, no había escrito una sola línea.